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ıllı Gregorio de Laferrère wiki: info, historia y vídeos


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salud  Gregorio de Laferrère 


Regresó a Buenos Aires en mil ochocientos noventa y se dedicó a la actividad política en las filas del autonomismo porteño, al lado de su amigo José María Miró, autor de la novela La Bolsa con el pseudónimo de Julián Martel.


En mil ochocientos noventa y uno fue escogido como primer intendente de la comuna de Morón (hasta ese momento el cargo se llamaba Presidente de la Municipalidad), donde radicaba entonces. Para aceptar el cargo, que ejercitó a lo largo de ciertos meses, sin ser detenido por sus contrincantes políticos, no vaciló en disfrazarse de «grave señor con luengas barbas, lentes ahumados, negra levita ajustada al cuerpo y lustroso y alto sombrero de copa» (Martínez Cuitiño) y atravesar de esta forma los conjuntos opositores y, despojándose del disfraz, firmar reposadamente el acta de asunción.


Un año después, en mil ochocientos noventa y dos se aproximó al radicalismo de Hipólito Yrigoyen, sin alistarse en el movimiento, en pos de una depuración del viciado tiempo político de la temporada.


En mil ochocientos noventa y tres resultó elegido miembro del Congreso de los Diputados provincial en la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires, por un periodo de 5 años. Organizó el Partido Nacional Independiente en mil ochocientos noventa y siete, desprendimiento del Partido Nacional. En mil ochocientos noventa y ocho fue escogido miembro del Congreso de los Diputados nacional por el distrito electoral de la ciudad de Buenos Aires, cargo que ocupó por reelecciones consecutivas hasta mil novecientos ocho. En mil novecientos tres creó la Asociación Popular («De absolutamente nadie y para todos» era su misterioso leimotiv), agrupación partidaria desde la que lanza candidaturas, que instaló en la acera de enfrente del Círculo de Armas, el club más exclusivo de la ciudad de Buenos Aires, al que pertenecía. Allá diariamente atendía a decenas y decenas de demandantes. Sobre todo, conforme Enrique García Velludo, «a mujeres, que iban a solicitarle dinero y su repercusión sobre el jefe de policía, don a fin de que largasen al deudo que la noche precedente se había desgraciado en alguna trastienda de almacén suburbano». Se atribuye a Belisario Roldán el haber dicho que frente al Círculo de Armas, Laferrère había puesto el «círculo de armas... llevar».


Era, fundamentalmente, un político conservador mas no extraño a las inquietudes sociales de su tiempo. Su gusto por el teatro (tenía un palco permanente en el viejo San Martín de la calle Esmeralda, y frecuentaba otras muchas salas porteñas, noche tras noche) lo llevaba a practicarlo. Muy, muy elegante («siempre de punta en blanco», lo describe Blanca Podestá) de piel un tanto obscura, apuesto, enarcadas las guías del bigote breve, muy simpático.


En mil novecientos ocho con apoyo estatal creó el Conservatorio Lavardén (homenaje al autor de la desgracia Siripo, de mil setecientos ochenta y nueve), primero en su género en el país, con un notable equipo de profesores que incluía a la actriz Angelina Pagano, a los que en un instante se añadió la conocida actriz francesa Marguerite Moreno, destinado a la capacitación de actores nacionales.


El cuatro de mayo de mil novecientos once, Gregorio de Laferrère —junto a Pedro Luro y Honorio Luque— crearon la urbe de Gregorio de Laferrere en el partido de La Matanza, a veinticuatro km de la Urbe de la ciudad de Buenos Aires.


«¡Jettatore!»

¡Jettatore!

Desde su juventud Laferrère cultivó las letras en el género de la novela mas como no lo hacía en público la aparición de su primera obra fue una sorpresa en el entorno de la aristocracia porteña al que pertenecía. Su primera obra de teatro fue ¡Jettatore! una comedia en 3 actos que, conforme exactamente el mismo autor, la escribió por humorada y sin imaginarse que alguna vez sería representada. Un día, asimismo por gracieta, se la leyó a un amigo quien le insistó a mandarla al teatro de la Comedia donde actuaba la compañía de Gerónimo Podestá, lo que hizo sin descubrir que era el creador. La obra fue rechazada por «irrepresentable» mas meses después otro amigo, Mariano de Vedia, la hizo llegar de nuevo y esta vez fue admitida y estrenada el treinta de mayo de mil novecientos cuatro por la compañía Podestá.La función de estreno fue un suceso social que tuvo en un palco al presidente de la Nación, general Julio Argentino Roca y además de esto contó con un público que no era habitual concurrente a las funciones de compañías nacionales.


¡Jettatore! fue caracterizado por el crítico y también estudioso Luis Ordaz como un vodevil con tema ingenuo mas desarrollado con mano diestra y exuberante de humor satírico si bien sin caer jamás en lo toscamente irónico. Es la caricaturiza de la superchería que atribuye a determinados individuos una aciega repercusión magnética; superchería muy difundida entonces en la ciudad de Buenos Aires, en especial en los clubes. El creador había leído un cuento equivalente de Théophile Gautier, que es convocado en la segunda escena de la obra por un protagonista, mas «Laferrère ha tomado prácticamente todos los elementos pintorescos de la realidad de nuestro entorno. Don Lucas, protagonista inocente de 100 desgracias, es el personaje central, ligado a la obra por una sutil fábula de amor, y rodeado por numerosas personas de su amistad, en quienes se efectúan capítulos casuales o bien fatales que crean en torno de Don Lucas una atmosfera de hilaridad o bien de terror».


«Locos de verano»

Locos de verano

Locos de verano fue estrenada el seis de mayo de mil novecientos cinco en el Teatro Argentino, por la compañía de Gerónimo Podestá. Conforme con el especialista Marcos Mayer, que prologa la edición de las obras completas de Gregorio de Laferrère, el autor


Esta cautivadora comedia de costumbres que se ha transformado en otro tradicional del teatro nacional fue recibida por la crítica con reservas, como obra de un enorme señor mundano que escribía para la escena por hobby, sin tomar su tarea de verdad. Se equivocaba: el público la ovacionó desde el principio y la prosiguió cuando fue trasladada al Rivadavia; tuvo ochenta representaciones sucesivas, algo insólito en la temporada.


«Bajo la garra»


Bajo la garra lo estrenó la compañía de Gerónimo Podestá el veintitres de mayo de mil novecientos seis en el Teatro Argentino.Trata sobre la maledicencia en determinados círculos sociales. Sin saberse quién la ideó corre entre los concurrentes a un club la especie que atribuye un amante a la esposa de un consocio.Al ir circulando va incrementando en gravedad y detalles hasta llegar a oídos del supuesto insultado. En el tercer acto, ya la pareja en la soledad de su hogar, se precipita el final trágico. Ha dicho Ricardo Rojas sobre esa obra «compuesta, sobre todo en el primer acto, por exactamente los mismos procedimientos superficialmente gráficos de las otras piezas, la obra va adquiriendo densidad sicológica y seriedad trágica —vale decir, la tercera dimensión— conforme la acción avanza.»


«Las de Barranco»

Las de Barranco

El veinticuatro de abril de mil novecientos ocho se presentó Las de Acantilado, en el Teatro Moderno (el día de hoy Liceo), por el abanico del Conservatorio Labardén. Se trata de una comedia tragicómica, en la que ronda el ridículo todo el tiempo; el capitán Acantilado está muerto y su viuda y las 3 hijas tratan de subsistir con la insignificante pensión del gobierno. La viuda no vacila en apañar a festejantes desprendidos de sus hijas y también, aun, a pedirles regalos en su nombre en tanto desanima a quienes podrían interesarse mas que carecen de recursos. Cada hija aparece descrita con sus características: Pepa y Manuela adaptadas a la voluntad de la madre y Carmen, la más preciosa y lúcida, reticente a las manipulaciones maternas. Doña María Gosefina Fliques por último en retenerla en su casa como carnada de su anzuelo pues se escapa con su novio.


Los temas de la obra son la soledad, la sofocación, la desesperación, el fingimiento, las tensiones entre los miembros, la necesidad de sostener «apariencias» frente a la mirada del resto, la hipocresía. Por medio de las diferentes situaciones de la obra nos encontramos frente a un retrato meticuloso de los convencionalismos sociales, las premisas morales que no siempre y en todo momento se pueden proteger, las estrategias del disimulo, la aceptación de la degradación y la lenta humillación de una familia. La obra gozó de un enorme éxito para la temporada, llegando a las ciento cuarenta representaciones sucesivas. La dirección de la obra de 4 actos estuvo al cargo de Alfredo Duhau. En mil novecientos veintiuno Las de Acantilado fue estrenada en la ciudad de París.


Las de Acantilado fue inspirada, según parece, por la familia dueña de una pensión en La Plata, en la que el creador radicó en su juventud. Al principio era apenas un monólogo para el beneficio de la insigne actriz cómica Orfilia Rico, titulado Reíte un tanto. La Rico vio las posibilidades del tema y también insistió en que el creador lo ampliase. De este modo fue: el abanico original entendió a la protagonista y, entre otros muchos, a María Gámez, Lea Conti, Francisco Ducasse, Carola Heredia y un principiante de quince años, Enrique Serrano. Llegó -cosa insólita para la temporada- a las ciento quince representaciones y desde ese momento se la restituye frecuentemente, siempre y en toda circunstancia de manera exitosa.


El crítico Ernesto Schoo ha dicho sobre esta obra, considerada una pieza profesora en el desarrollo de la dramaturgia local:


«Los invisibles»


El tres de abril de mil novecientos quince se hizo la puesta de Los invisibles, en el Teatro Moderno, por la compañía de Pablo Rosales. Es la comedia del espiritismo inocentemente adoptado por la credulidad de don Ramón, que introduce en su casa. Persuade a su amigo López que tiene poderes de ocultista, efectúa sesiones en su casa, interpreta los ademanes, los ruidos y sugestiona a todos y cada uno de los que lo rodean. Por su atención al espiritismo lleva su negocio al fracaso, riñe con su asociado. Como piensa que una tía fallecida le ha dicho que en una vida precedente mató al novio de su hija le fuerza a romper su compromiso. Por último, en virtud de lo que ha oído López da por fallecido a su cuñado José que se había ausentado a Montevideo y del que se carecía de noticias y cuando ya todos visten de luto acaba la pieza cuando exactamente el mismo retorna vivo frente al estupor de todos.


Gregorio de Laferrère murió en la ciudad de Buenos Aires el treinta de noviembre de mil novecientos trece, después de un breve periodo de enfermedad






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