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salud  Biblioteca popular 


Las Bibliotecas populares españolas nacieron en mil ochocientos sesenta y nueve, como recurso y espacio para la "difusión del saber entre la mayor parte", desde un proyecto concebido por Manuel Ruiz Zorrilla, ministro de Promuevo a lo largo del Sexenio Democrático, y desarrollado por José Echegaray. Su alcance social avanzó durante los primeros años del siglo veinte y tuvieron su mejor periodo entre mil novecientos veintiseis-mil novecientos treinta y seis, desapareciendo tras la guerra civil de España.


Las llamadas en su origen Bibliotecas Populares, han sido consideradas como un proyecto más del aperturismo ideológico de la Revolución de mil ochocientos sesenta y ocho, como fruto de la incautación gubernativo de las bibliotecas, fondos reportajes y ficheros reunidos hasta ese instante –y acaparados de forma tradicional– por la Iglesia católica en España. Este oportuno decreto de incautación detuvo el proceso de pillaje comercial que habían empezado los libreros nacionales y extranjeros, y un número esencial de piezas de valor fueron de esta manera a depositarse y preservarse en la Biblioteca Nacional de España y el Fichero Histórico Nacional.


En el proyecto específico de la creación de una red de bibliotecas populares, Ruiz Zorrilla y sus cooperadores emplearon como fondos los libros del depósito del Consejo de Instrucción Pública, en un primer instante y que se ampliaron con las aportaciones o bien donaciones, bien privadas bien de corporaciones y también instituciones que dieron de esta forma utilidad a su stock de ejemplares duplicados. Los analistas del fenómeno no esconden anotar que los nuevos patriarca de la pedagogía en España estaban animados indudablemente por el "estímulo político de la revolución liberal", buscando todo género de medios para calmar la ignorancia popular. Los materiales y objetivos prosiguieron estas premisas:



  1. Obras de referencia y materiales precisos para la primera enseñanza.
  2. Libros entretenidos que hiciesen atrayente el hábito de la lectura.
  3. Libros cuya narración histórica estimulare en sentimiento nacional.

Y los encargados de poner el proyecto en práctica serían las diputaciones y los municipios. En el caso específico de la capital de España, la capital española, se proyectaron al comienzo veinte bibliotecas populares, mas la buena acogida hizo que pronto aumentara el número. Tras ese entusiasmo inicial, en el que muchos alcaldes pidieron fondos y habilitaron locales, la idiosincrasia de España reforzada por el cambio de alcaldes con ocasión de los cambios políticos de signo conservador, hicieron que el proyecto fuera degenerando prácticamente hasta el olvido. Con la llegada del siglo veinte y la renovación del espíritu de popularización de la cultura en ciertos campos de la sociedad de España, se reanudaría el proyecto, reflexión reforzada por las críticas a la tarea de Marcelino Menéndez Pelayo como directivo de la Biblioteca Nacional.El impulsor de las bibliotecas populares fue esta vez Rafael Altamira, reformador universitario, institucionista pupilo de Giner y secretario del Museo Pedagógico Nacional, medidas que terminarían poniendo "la educación a predisposición de los trabajadores". El proyecto de Altamira se materializó además de esto en las bibliotecas circulantes, contando con cooperadores tan heterogéneos como el músico Espinós Moltó, Antonio Paz y Meliá o bien Melquíades Álvarez (miembro del Congreso de los Diputados asturiano del Partido Reformista, uno de los grandes impulsores de los liceos y las bibliotecas populares en Asturias, donde tuvieron singular estrellato histórico-social).


Volviendo al caso específico de la capital española, Amalio Gimeno, ministro de Instrucción Pública, creó en mil novecientos once 2 bibliotecas populares, si bien hubo que aguardar a mil novecientos quince a fin de que se abrieran nuevos centros de lectura (Chamberí, Hospicio, Latina); ejemplo que por último se proseguiría propagando por los centros provinciales.


Bibliotecas populares en Montevideo


Las bibliotecas populares comparten muchas de las peculiaridades de las Bibliotecas Públicas, insertándose las dos en la categoría de Bibliotecas para el Gran Publico. El manifiesto de la UNESCO para bibliotecas públicas en su segunda versión revisada del año noventa y cuatro remarca explica de esta forma sus objetivos:



  • crear y robustecer los hábitos de lectura en los pequeños desde edad temprana;
  • apoyar tanto a la educación individual (auto enseñanza) como a la educación formal todos y cada uno de los niveles;
  • proveer ocasiones para el desarrollo creativo personal;
  • estimular la imaginación y inventiva de pequeños y jóvenes;
  • promover la vigilancia de la herencia cultural, consideración de las artes, mejoras científicas y también innovaciones;
  • proveer acceso a expresiones culturales de todas y cada una de las artes;
  • alimentar el diálogo Intercultural y favorecer la diversidad cultural;
  • apoyar la tradición oral;
  • asegurar el acceso a los ciudadanos a todo tipo de información de la comunidad;
  • facilitar el desarrollo de información y conocimiento de las habilidades "computacionales";
  • apoyar y participar en actividades literarias y programas para todas y cada una de las edades, y si es preciso empezar dichas actividades.

Las posibles diferencias entre las bibliotecas públicas y las populares podrían explicarse en tanto las primeras son creadas y sostenidas por los gobiernos, al paso que las populares acostumbran a partir de instituciones de carácter privado, pese a poder percibir apoyo gubernativo. No todas y cada una de las bibliotecas privadas se ajustan al contexto de populares, solo aquellas que, dentro de cierto campo comunitario, sean creadas y mantenidas por la propia comunidad. El campo comunitario en que se halla este género de "unidades de información" es muy amplio: clubes sociales, cooperativas de residencia, comisiones vecinales, instituciones religiosas, etc.En Uruguay, la mayor parte de las bibliotecas populares son atendidas por personas miembros de la propia comunidad, efectuando una labor voluntaria. Normalmente su nacimiento obedece a la carencia de servicios de bibliotecas públicas en la zona en cuestión.


Una de las peculiaridades primordiales de las bibliotecas populares, es la posibilidad del carácter voluntario del trabajo efectuado por las personas a cargo. Es posible fijar 3 peculiaridades definitorias del concepto:



  1. la actividad no ha de estar motivada por un beneficio financiero (pese a que haya una remuneración económica tolerada);
  2. debe partir de una resolución individual libre (en el sentido de que una persona no se vea forzada al trabajo);
  3. la actividad he de ser desarrollada en beneficio de alguien diferente al voluntario, si bien debe darse una reciprocidad de beneficios con el voluntario puesto que en caso contrario estaríamos sencillamente frente a un acto dadivoso.

En cuanto a las ventajas del trabajo voluntario, se destacan: la esencial contribución económica a la sociedad (se calcula que el trabajo voluntario corresponde entre el ocho y el catorce por ciento del PBI); deja la integración social de personas excluidas o bien marginadas; y puede llevar a la creación de puestos.


Bibliotecas populares del Interior


Las bibliotecas públicas en Uruguay brotan desde el movimiento cultural empezado en mil ochocientos sesenta y ocho desarrollado por la Sociedad de Amigos de la Educación Popular, como complemento para la enseñanza oficial, cuando dentro del país había un ochenta por ciento de incultos. El inspirador del proyecto fue José Pedro Varela, para quien los instrumentos para cultivar al pueblo eran la escuela y la biblioteca.


Primera etapa de las bibliotecas populares


Ciclo varelianoLa primera biblioteca popular americana fue fundada en mil ochocientos setenta y tres por la Sociedad de Amigos de la Educación Popular, en Montevideo. Dentro del país, la primera de estas bibliotecas fue creada en Nueva Palmira, por una filial de esta sociedad, en aquel año (en el siglo veintiuno la Biblioteca Popular “Jacinto Laguna”). El dieciocho de julio de mil ochocientos setenta y cuatro se crearon las Bibliotecas Populares de Colonia y Paysandú; el veinte de septiembre la Biblioteca Popular de Rocha, y el veinticinco la Biblioteca popular de Carmelo. Les prosiguieron la fundación de las de Pando y San José; y después las de San Carlos, Florida, Canelones, Mercedes y Maldonado. Todas y cada una de las bibliotecas fueron formadas y se mantuvieron con el apoyo voluntario del pueblo, que contribuyó con libros o bien con dinero, y en otros casos las prohijó en sus clubes sociales. En pocos casos se contó con apoyo económico oficial. En mil ochocientos setenta y tres se presentó un proyecto de ley para el promuevo bibliotecario del interior. Asimismo fue presentado otro proyecto de en el que el Gobierno destinaría diez premios de mil doscientos dólares americanos para las primeras localidades del interior que fundasen una biblioteca popular con un mínimo de quinientos volúmenes. En las bibliotecas debía marchar una escuela para cuarenta pupilos. Esta tentativa de conseguir apoyo oficial no pudo materializarse.


La Sociedad de Amigos de la Educación Popular contó con escasos recursos en sus principios para poder acudir a las bibliotecas populares del interior. En mil ochocientos setenta y cuatro se amplió el número de asociados, dejando contar con más fondos para dar apoyo a las bibliotecas populares. A fines de ese año se emitió una circular dirigida eminentemente a las sociedades de educación, en la que se establecían estos objetivos:



  • Estimular a los ciudadanos a crear bibliotecas populares.
  • Apoyo material a esas instituciones.
  • Asesoramiento funcional.

La circular sé imprimió en forma de calendario para el año mil ochocientos setenta y cinco, y se distribuyó dentro de la República. Los sucesos políticos retrasaron su puesta en marcha hasta mil ochocientos setenta y seis. En mil ochocientos setenta y siete se decreta la ley de Educación Común, con la que se crean nuevas instituciones de la Reforma Escolar vareliana, las bibliotecas que habían sido creadas con mucho esmero hasta ese instante, por vez primera recibían apoyo oficial, puesto que la ley establecía que se ofrecerían recursos para las bibliotecas populares. Esto dejó progresar las existentes y fundar nuevas. En mil ochocientos ochenta y dos ciertas bibliotecas del interior contaban con dos mil quinientos volúmenes.


Segunda etapa de las Bibliotecas Populares en el Uruguay


Ciclo AteneístaEste ciclo se prolonga desde mil ochocientos ochenta y dos hasta mil novecientos doce. Dicha etapa es desarrollada por el Liceo del Uruguay, en Montevideo. De manera rápida este conjunto influirá en el resto del país. Este avance es consecuencia de la implementación de la Ley de Educación ya antes citada y potenciada por el deseo de ilustración que provocó. El liceo se creó en mil ochocientos setenta y siete, su nacimiento respondía al deseo de desarrollar actividades culturales, que llevasen a fomentar un movimiento de opinión nacional democrático. De ahora en adelante el Liceo fue un centro activo de irradiación cultural, con certámenes literarios y ciclos de conferencias. Contaba con una enorme biblioteca habilitada al público. En este periodo las bibliotecas populares se convirtieron o bien fueron absorbidas por los nuevos organismos de extensión cultural, como los liceos, centros culturales y sociedades literarias. Estos nuevos centros englobaban actividades académicas, pasando por la de centro enseñante hasta servir de escenario a las representaciones teatrales. Sus bibliotecas fueron la única posibilidad para el ahínco autodidacta de sostener vivos determinados conocimientos y adquirir otros. En este periodo nacieron los Liceos de Paysandú y Salto; Centros Culturales como el Club Progreso de Mercedes, el “Porvenir” de Rocha, el “Fraternidad” de Minas, el “Unión” de Melo, etcétera, como nuevos centros de irradiación cultural. El club Progreso es el iniciador de esta nieva actividad cultural. En estas instituciones se empieza a proponer la necesidad de contar con centros de enseñanza secundaria en el Interior; estos centros iban absorbiendo muchas de las actividades que cumplían hasta ese instante esas instituciones, debilitándolas hasta llegar a su declinación.


Las bibliotecas de los primeros Centros Obreros del Interior. Lectura de los tradicionales revolucionarios


Los centros obreros que a fines del siglo XIX y inicios del XX se formaron contaron con una biblioteca pequeña.En estas sus afiliados leyeron y estimularon su saber. Los libros más leídos fueron los autores revolucionarios. Ciertas de estas bibliotecas representaron una reacción en frente de ciertos centros culturales del periodo ateneísta, puesto que estos centros se transformaron en elitistas, apartándose del terreno popular. Estas bibliotecas fueron un esmero de las clases trabajadoras por cultivar la lectura como medio de ilustración. La biblioteca popular ofrecía a la clase obrera el medio para formarse. De ellas saldrían los líderes obreros del interior, quienes además de esto mantendrían los diarios obreros.En las bibliotecas populares libertarias prevalecían los autores libertarios, lo que ha dejado un interesante fichero de publicaciones obreras y ácratas.


Surgen los primeros liceos en el Interior y comienzan a rechazar las Bibliotecas Populares


En la etapa vareliana y ateneísta las bibliotecas populares actuaron como centros de extensión cultural, apoyando los sacrificios autodidactas, eminentemente en el periodo ateneísta. La enseñaza secundaria vino a superar la actividad llevada a cabo por las instituciones del periodo ateneísta. Estos nuevos centros llevaron adelante actividades enseñantes reguladas, con el propósito de afianzar los niveles culturales que las precedentes instituciones habían intentado desarrollar.Los nuevos institutos de enseñanza postergaron los precedentes. Es precisamente por esto que las Bibliotecas del Interior debían amoldarse. Ahora se precisaba un nuevo género de Biblioteca Pública superior, para estar a tono con las nuevas necesidades culturales.No se materializó este nuevo género de Biblioteca. Quedando estas instituciones bajo una enorme crisis. En la mayor parte de los casos las bibliotecas dependían de las Juntas Económico Administrativas y fueron transferidas a liceos, donde quedaron subordinadas. Esto sucedió en las urbes de Colonia, Durazno, Maldonado, San José y Paysandú. En prácticamente todos los casos las bibliotecas perdieron contacto con sus viejos lectores. Se conviertiron en bibliotecas internas de las nuevas instituciones. Las bibliotecas no mejoraron su estado después de ser transferidas. Los gobiernos comunales no renunciaron por esto a su propiedad. En la mayor parte de los casos fueron catalogadas. No se definieron responsabilidades para su prosperidad, alén de alguna resolución municipal, en las que se fijó alguna subvención anual. Por tanto los Gobiernos Municipales, en algún grado se sintieron en obligación de mantener las Bibliotecas.Las autoridades lacéales no sintieron ningún compromiso en mejorarlas. Los libros que ingresaban a los liceos se catalogaban como propiedad del liceo. Por medio de los años se formaron bibliotecas Lacéales, que redujeron a las precedentes a la condición de bibliotecas anejas, el día de hoy avejentadas. No todas y cada una de las bibliotecas, liceos y centros literarios de aquella temporada han sobrevivido. En las localidades que, por no ser capitales de departamento, no se instalaron liceos, estas instituciones subsistieron y prosiguieron trabajando cada días un poco más apartadas. Esto pudo acontecer, por el hecho de que generalmente la población vio a los liceos como un centro de cultura fundamental, dejando a un lado el interés de progresar las bibliotecas públicas. Esto provocó que los liceos se extendiesen por el país. Los jóvenes dejaron de ver a las bibliotecas públicas como instituciones de capacitación cultural y las vieron como dependencias administrativas subordinadas a la actividad de la enseñanza.






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