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ıllı Batalla de Mbororé wiki: info, historia y vídeos


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salud  Batalla de Mbororé 


Necesidad de esclavos y también comienzo de las bandeiras


A principios del siglo XVII los holandeses llegaron a las costas del presente Brasil con la firme pretensión de instalarse y de ocupar posesiones en ellas. Para esto, y a través de actos de piratería consiguieron supervisar la navegación sobre la costa del océano Atlántico, perturbando con seriedad el tráfico de esclavos. Esto significó un duro golpe económico para el Imperio portugués que precisaba de la mano de obra esclava para proseguir con el desarrollo productivo azucarero y ganadero que prevalecía sobre el litoral atlántico brasileiro. Fue entonces cuando los indígenas cayeron en la mira de los hacendados y fazendeiros portugueses como potenciales esclavos. Además de esto, debido a las escasas cantidades de plata, oro y piedras hermosas encontradas en la zona de Piratininga, los conjuntos de exploradores empezaron avanzar cara el ignoto interior del Brasil.


Estos conjuntos de exploración y caza de esclavos, llamados bandeiras, estaban organizados y dirigidos como una compañía comercial por los ámbitos líderes de San Pablo, y sus filas se integraban con mamelucos (mestizos de portugueses y también indígenas), indígenas tupíes y aventureros extranjeros (sobre todo holandeses) que llegaban a las costas del Brasil a probar fortuna. Contaban, asimismo, con la complicidad de la sociedad de funcionarios coloniales españoles y encomenderos del Paraguay.


En su avance cara el occidente, los bandeirantes cruzaron el jamás precisado límite del Tratado de Tordesillas, que perdió su sentido a lo largo del periodo en el que Portugal formó una unión dinástica aeque principaliter con la Corona de Castilla, penetrando varias veces con sus incursiones en territorios del virreinato de Perú. De forma indirecta, los bandeirantes paulistas se transformaron en la vanguardia de la expansión territorial portuguesa, lo que se afianzó al recobrar Portugal su independencia.


Primeros ataques a las Misiones Jesuíticas

Historia de las misiones jesuíticas del Guayrá, Itatín, Tapé, Paraná, Uruguay y Guaycurú

Por una Real Cédula de mil seiscientos ocho se ordenó al gobernante de Asunción del Paraguay, Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) que los jesuitas se dirigieran a las zonas del río Paraná, del Guayrá y a las áreas habitadas por los guaycurúes. Su misión era la de fundar pueblos y catequizar a los indígenas que habitaban dichas zonas. Más tarde se agregarían los pueblos de Itatín (al norte de Asunción) y del Tapé (en el presente estado de Río Grande del Sur, Brasil).


Los jesuitas se hallaban en plena tarea evangelizadora cuando los bandeirantes empezaron a llegar a la zona oriental del Guayrá. En un primer instante, estos respetaron a los indígenas reducidos en pueblos por los jesuitas y no los atrapaban. No obstante, los guaraníes, concentrados en pueblos y diestros en diferentes oficios, representaban una mano de obra especializada enormemente eficiente para los portugueses. Considerablemente más todavía cuando estaban indefensos y desarmados puesto que, por decreto real, les estaba vedado el manejo de armas.


Desde mil seiscientos veinte las incursiones de los bandeiras se hicieron poco a poco más violentas, lo que forzó al abandono o bien recolocación de ciertos pueblos.


Entre los años mil seiscientos veintiocho y mil seiscientos treinta y uno los jefes bandeirantes Raposo Tavares, Manuel Preto y Antonio Largues con sus huestes, golpearon periódicamente las reducciones del Guayrá, capturando miles y miles de guaraníes que entonces fueron subastados en San Pablo. Se estima que en las incursiones de los años mil seiscientos veintiocho-mil seiscientos veintinueve atraparon a unos cinco.000 indígenas, de los que solo llegaron a San Pablo unos mil doscientos. La enorme mayoría de ellos murió en el traslado debido a los malos tratos propinados por los esclavistas.


Hacia el año mil seiscientos treinta y dos se generó el éxodo masivo cara el sur de doce.000 guaraníes reducidos por los jesuitas, dejando la zona del Guayrá prácticamente desierta. Se refundaron las reducciones de San Ignacio Miní y Loreto en territorio de la presente Provincia de Misiones.


Los bandeirantes prosiguieron cara el occidente, atacando las reducciones del Itatín en el año mil seiscientos treinta y dos. Entonces prosiguió el Tapé, invadido a lo largo de los años mil seiscientos treinta y seis, mil seiscientos treinta y siete y mil seiscientos treinta y ocho por consecutivas bandeiras dirigidas por Raposo Tavares, Andrés Fernández y Fernando Días País.


Misión de Montoya en frente de la Corona española


En el año mil seiscientos treinta y ocho los progenitores Antonio Ruiz de Montoya y Francisco Díaz Taño viajaron a España con el propósito de dar cuenta al rey Felipe IV de lo que ocurría en las misiones. Su pretensión era lograr que el rey levantara la limitación del manejo de armas por la parte de los indígenas.


Las recomendaciones de Ruiz de Montoya fueron admitidas por el rey y el Consejo de Indias, expidiéndose múltiples Cédulas Reales, despachándoselas a América para su cumplimiento.


Por una Real Cédula del doce de mayo de mil seiscientos cuarenta se dejó que los guaraníes tomaran armas para su defensa, mas siempre y cuando de este modo lo dispusiese anteriormente el virrey del Perú. Por esta razón Ruiz de Montoya partió cara Lima, con la objeto de proseguir allá las gestiones referidas a la provisión de armas.


Por su parte, el padre Taño viajó a Roma para informar al papa de la caza de esclavos en las misiones a fin de conseguir una protección papal.


El encuentro en Apóstoles de Caazapaguazú


Mientras tanto y frente al riesgo inminente de que los bandeirantes cruzasen el río Uruguay, el padre provincial Diego de Boroa, con la conformidad del Gobernante de Asunción y de la Real Audiencia de Charcas, decidió que las tropas misioneras utilizaran armas y recibiesen instrucción militar. Desde Buenos Aires se mandaron once españoles para organizar a las fuerzas de defensa.


A fines de mil seiscientos treinta y ocho el padre Diego de Alfaro cruzó el río Uruguay con un buen número de guaraníes armados y adiestrados militarmente con la pretensión de recobrar indígenas y ocasionalmente enfrentar a los bandeirantes que deambulaban por la zona.


Luego de ciertos encuentro ocasionales con las fuerzas paulistas, a las tropas del padre Alfaro se le sumaron mil quinientos guaraníes que llegaban dirigidos por el padre Romero. Se formó entonces un ejército de cuatro mil misioneros que avanzó hasta la asolada reducción de Apóstoles de Caazapaguazú donde los bandeirantes se encontraban atrincherados tras múltiples derrotas parciales.


El choque armado formó la primera victoria definitiva de las huestes guaraníes sobre los paulistas, los que después de rendirse escaparon precipitadamente.


Los paulistas preparan su contraataque


Deshechas las fuerzas bandeirantes después del encuentro en los campos de Caazapaguazú, estos retornaron a San Pablo para informar a las autoridades de lo ocurrido.


Coincidentemente, para esa data (mediados del año mil seiscientos cuarenta), llegó a R. de Janeiro el padre Taño proveniente de la capital española y de la ciudad de Roma. Llevaba en su poder Cédulas Reales y Bulas pontificias que condenaban seriamente a las bandeiras y al tráfico de indígenas.


Ambos hechos generaron una violenta reacción en la Cámara Municipal de San Pablo, la que, de mutuo acuerdo con los fazendados, expulsó de la urbe a los jesuitas.


Se organizó una gran bandeira con trescientos a holandeses, portugueses y mamelucos armados con fusiles y arcabuces, ciento treinta a novecientos canoas y seiscientos a seis mil tupíes armados con flechas, dirigida por Manuel Largues. La meta de la expedición era tomar y destruir todo cuanto se encontrase en los ríos Uruguay y Paraná, tomando todos y cada uno de los esclavos posibles.


Se anuncia la batalla


A fines de mil seiscientos cuarenta los jesuitas tuvieron patentizas de una nueva incursión de bandeirantes más abundante que las precedentes. Para esto se formó un ejército de cuatro mil doscientos guaraníes armados con piedras, arcabuces, flechas, alfanjes y rodelas. Las fuerzas incluían caballería armada con lanzas, mas por condiciones del terreno no era muy eficaz, sirviendo primordialmente de apoyo de la infantería y la artillería. La artillería se componía de cañones de madera de tacuara forrados en cuero o bien «bocas de fuego». El número de armas era escaso en comparación del número de combatientes, apenas trescientas.


Los indios a pie debían llevar flechas, arcos, piedras, macanas y rodelas. La caballería lanzas, adargas, macanas, capacetes (cascos) y espuelas. Los flecheros iban proveídos de 2 arcos, 4 cuerdas y treinta flechas. Los pedreros cincuenta piedras (cuando menos), doce andas, una macana (garrote) y un cuchillo. Asimismo llevaban boleadoras de una piedra. En la ofensiva, los guaraníes no acostumbraban a utilizar el arco por el hecho de que mataba a distancia y resultaba impropio para un guerrero. El reglamento desarrollado por los jesuitas a lo largo del siglo XVII para las defensas de los pueblos demandaba que todos y cada uno de los indios adultos tuviesen adiestramiento y los pequeños empezaran a practicar a los 7 años una vez por mes con hondas, arcos y lanzas. Los jóvenes habían de ser diestros en el empleo de machetes o bien espadones anchos «que tienen el golpe más seguro». Asimismo toda localidad debía tener su reserva de pólvora, hondas y piedras, arcos y siete mil flechas con puntas de hierro, doscientos caballos para empleo militar, sesenta lanzas, sesenta desjarretaderas (cuchilla de metal en forma de media luz sosten a un palo) y una maestranza donde fabricar pólvora. Pronto incorporaron instrumentos como atabales, trompetas o bien cornetas, entre otros muchos. Los indios llamaban guyrapá al arco, jhu'y a las flechas, mimbucú a la lanza y tacapé a la macana. Su primordial labor era defenderse de las incursiones de los indios chaqueños, de manera especial, los mbayás, fieros contrincantes, hábiles con la lanza y el arco. Para la batalla, habían trescientas balsas a las que se sumaban apenas sesenta canoas con cincuenta y siete mosquetes y arcabuces, todas y cada una cubiertas para resguardarse de las flecherías y pedradas de los tupíes.


Recibieron instrucción militar de ex- militares, los Hermanos Juan Cárdenas, Antonio Bernal y Domingo Torres. La operación estaba dirigida por el padre Romero. Las fuerzas defensoras estaban dirigidas por los progenitores Cristóbal Altamirano, Pedro Mola, Juan de Porras, José Domenech, Miguel Gómez, Domingo Suárez.


El Ejército Guaraní se organizó en compañías lideradas por capitanes. El capitán general fue un renombrado cacique del pueblo de Concepción, Nicolás Ñeenguirú. Le proseguían en el mando los capitanes Ignacio Abiarú, cacique de la reducción de Nuestra Señora de la Asunción del Acaraguá, Francisco Mbayroba, cacique de la reducción de San Nicolás, y el cacique Arazay, del pueblo de San Javier.


La reducción de la Asunción del Acaraguá, situada sobre la ribera derecha del río Uruguay, en una loma próxima a la desembocadura del riachuelo Acaraguá, fue trasladada y resituada por cautela río abajo, cerca de la desembocadura del riachuelo Mbororé en el río Uruguay. De esa forma la reducción quedó transformada en centro de operaciones y en el cuartel general del ejército guaraní misionero.


Las peculiaridades del terrero y el recodo que forma el riachuelo Mbororé hacían de este lugar un sitio ideal para la defensa.


Al mismo tiempo se resaltaron espías y guardas por los territorios lindantes y se estableció una retaguardia en Acarágua.


La bandeira avanza


Las fuerzas bandeirantes a cargo de Manuel Largues y Jerónimo Pedrozo de Barros partieron de San Pablo en el mes de septiembre de mil seiscientos cuarenta.


Luego de establecer diferentes campamentos y protegerse en múltiples puntos del recorrido, una partida llegó al Acaraguá, donde hallaron la reducción absolutamente descuidada. Lugar que escogieron para levantar empalizadas y fortificarlo a fin de emplearlo como base de operaciones.


Posteriormente se replegaron para informar al resto de la bandeira de la seguridad del asentamiento.


Una crecida del río Uruguay en el primer mes del año de mil seiscientos cuarenta y uno llevó consigo un sinnúmero de canoas y mucha flechería.Lo que dio una idea a los jesuitas de la proximidad del contrincante.


Además, después de que el conjunto explorador paulista se replegase del Acaraguá, múltiples guaraníes que habían conseguido escapar de los esclavistas dieron con los jesuitas a quienes notificaron del número y armamento de los bandeirantes.


Entonces una pequeña partida misionera se estableció de nuevo en el Acaraguá en misión de observación y centinela. El veinticinco de febrero de mil seiscientos cuarenta y uno partieron 8 canoas río arriba en misión de reconocimiento. A pocas horas de navegar, se hallaron frente a frente con la bandeira que llegaba bajando con la corriente del río con sus trescientos canoas y balsas equipadas. De manera inmediata 6 canoas bandeirantes empezaron a perseguir a los misioneros, los que se replegaron velozmente cara el Acaraguá. Al llegar, los guaraníes recibieron refuerzos y las canoas bandeirantes debieron replegarse.


Mientras tanto un conjunto de misioneros partió de manera veloz a informar a los jesuitas del cuartel de Mbororé de la situación río arriba.


Al amanecer del día después, doscientos cincuenta guaraníes, distribuidos en treinta canoas y dirigidos por el cacique Ignacio Abiarú se encararon a más de 100 canoas bandeirantes, consiguiendo que estos debiesen replegarse.


Alejados los paulistas, los guaraníes procedieron a destruir todo lo que pudiese servir de abastecimiento en Acaraguá y se replegaron cara Mbororé. Por las peculiaridades geográficas de este lugar, era el ideal para enfrentar a los portugueses, en tanto que los forzaba a una batalla frontal.


Efectivamente, al llegar la bandeira a Aracaguá el once de marzo de mil seiscientos cuarenta y uno no halló nada de provecho y se dirigió con rumbo a Mbororé. Unas trescientos canoas y balsas avanzaron río abajo.


Sesenta canoas con cincuenta y siete arcabuces y mosquetes, lideradas por el capitán Ignacio Abiarú, los aguardaban en el riachuelo Mbororé. En tierra, miles y miles de guaraníes respaldaban a las canoas con arcabuces, arcos y flechas, hondas, alfanjes y garrotes.


El choque armado fue velozmente conveniente a los guaraníes. Un conjunto de bandeirantes consiguió ganar tierra y se replegó cara Acaraguá, donde levantaron una empalizada.


Durante los días doce, trece, catorce y quince de marzo, los misioneros bombardearon de forma continua la fortificación con cañones, arcabuces y mosquetes, tanto desde situaciones terrestres como fluviales, sin arriesgar un ataque directo. Sabían que los portugueses carecían de comestibles y agua, con lo que se prefirió una guerra de desgaste. Además de esto, múltiples tupíes empezaron a abandonar y unirse a las tropas misioneras, facilitando información sobre el oponente.


El dieciseis de marzo los bandeirantes mandaron a los jesuitas una carta donde pedían la rendición. Dicha carta fue rota por los guaraníes. Los portugueses procuraron huir del asedio guaraní remontando en sus balsas y canoas el río Uruguay. No obstante, en la desembocadura del río Tabay los aguardaba un contingente de dos mil guaraníes armados.


Ante esta situación, los portugueses decidieron recular cara el Acaraguá para ganar la margen derecha del río y de esta manera poder escapar de los guaraníes. No obstante fueron perseguidos hasta perder gran cantidad de hombres.


Del contingente inicial que salió de San Pablo, solo consiguieron regresar varios.






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