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ıllı Asonada de Álzaga wiki: info, historia y vídeos


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salud  Asonada de Álzaga 


Santiago de Liniers y Martín de Álzaga fueron los héroes de la Reconquista de la ciudad de Buenos Aires a lo largo de la primera de las invasiones inglesas al Virreinato del Río de la Plata acontecida en mil ochocientos seis. Al generarse el segundo ataque inglés, en mil ochocientos siete, por presión popular, Liniers sustituyó como virrey a Rafael de Sobremonte, acusado de haber descuidado sus funciones en la mitad de una invasión. La victoria en la Defensa contra la segunda invasión elevó su prestigio y fue confirmado en su cargo por orden del rey Carlos IV de España.


Francisco Javier de Elío, el gobernante de Montevideo, resistió su autoridad y aprovechó el hecho de que Liniers era francés para acusarlo de complotar con el Imperio Napoleónico, en guerra contra España por ese entonces. Elío organizó una Junta de Gobierno en Montevideo, que ignoró la autoridad del virrey.


En el mes de octubre de mil ochocientos ocho estuvo por reventar una revolución contra Liniers, dirigida por el Cabildo de la capital virreinal: la disculpa era que el hijo del virrey terminaba de casarse en el virreinato que regía su padre, algo prohibido por las leyes españolas. Mas la absoluta negativa de la Real Audiencia a apoyar el reclamo en contra suya hizo abortar los planes de Álzaga y su partido.


El primer intento


El treinta de diciembre, el Cabildo presentó una demanda seca al virrey, con la evidente pretensión de provocarlo: vedó el nombramiento de alférez real del joven Bernardino Rivadavia, aspirante de Liniers a ese cargo, con comentarios humillantes contra la capacidad del mismo. La pretensión era emplear su insistencia para acusarlo de despotismo. Al percatarse de que se le tendía una trampa, Liniers adoptó una actitud sumisa y firmó sin comentarios una orden en que se le solicitaba al mismo Cabildo que nombrara al nuevo alférez real. Eso desarmó el primer impulso revolucionario.


El 1 de enero del año mil ochocientos nueve, los miembros del Cabildo se reunieron y plantearon una lista de miembros del nuevo cabildo, que debía aceptar ese día, escogiendo a sus miembros entre los más reconocidos oponentes del virrey. Al dirigirse al Fuerte de la ciudad de Buenos Aires para presentar esa lista para su aprobación, fueron apoyados por múltiples regimientos de milicias, todos de origen de España, que ocuparon la Plaza de la Victoria. Asimismo reunieron una pequeña multitud de participantes de la manifestación, que protestaban contra la administración de Liniers y demandaban su renuncia.


Contra lo que aguardaban, Liniers protestó a lo largo de ciertos minutos en voz baja, y después firmó los nombramientos. Por segunda vez, había cedido y conseguido salvar con eso su cargo.


Simultáneamente, ingresaba por la puerta de atrás del fuerte un batallón del Regimiento de Patricios, cuyo comandante, Cornelio Saavedra, ordenó proteger al virrey y apuntar sus cañones contra la edificación del Cabildo.


Los miembros del Cabildo volvieron a reunirse, y decidieron deponer al virrey de todas formas. Pretendían sustituirlo con una Junta de Gobierno, de la que formaban parte únicamente españoles peninsulares y 2 criollos, Mariano Moreno y el síndico Julián de Leyva, que ejercitarían como secretarios de exactamente la misma.


Segundo intento


Pasado el mediodía, una fuerte tormenta desperdigó a los participantes de la manifestación, mas las tropas continuaron en sus puestos, si bien trasladándose al reparo de los arcos de la Recova.


A media tarde, una enorme comitiva se presentó en el Fuerte; de ella formaba parte el Cabildo en pleno, el prelados de la urbe, Benito Lué y Riega, y los miembros de la Audiencia y del Consulado de Comercio de la ciudad de Buenos Aires. Todos demandaban la renuncia de Liniers.


Además solicitaron a Saavedra que retirara sus tropas. Viendo que el virrey no parecía ya presto a resistir, el coronel de los Patricios retiró su regimiento por el medio de la Plaza, como en un desfile, saludado por las fuerzas militares rebeldes. Minutos después, y sin aguardar órdenes superiores, la mayoría de los soldados de los batallones españoles se retiró a sus casas. Por su lado, Saavedra se dedicó a recorrer los cuarteles del resto batallones.


Liniers se consideraba vencido, mas todavía deseó supervisar en algo los efectos de su caída, con lo que — apoyado por Lué — demandó el cumplimiento de las normativas que preveían el remplazo de los virreyes por el militar más viejo del virreinato. En un caso así, se trataba del generalPascual Ruiz Huidobro. A sabiendas de que su primer intento había fallado, mas considerándolo más manejable y menos reputado que Liniers, Álzaga acabó por unirse a esa demanda.


Entonces sí, Liniers declaró que renunciaría, y se comenzó la redacción de un acta en que Liniers anunciaba su renuncia.


Pero antes que el acta estuviese completada, se presentó de nuevo de improviso en el Fuerte el coronel Saavedra, comandante de Patricios, con el resto comandantes de regimientos y batallones formados por criollos. Para darle más espectacularidad a su entrada, Saavedra iba con la espada desenvainada, y había sustituido su sombrero por un pañuelo anudado.


Saavedra y el resto comandantes demandaron de manera firme que se suspendiese el acto, puesto que el conjunto que presentaba la demanda de renuncia no representaba al pueblo. Lué intervino, pidiendo a Saavedra que dejase las cosas como estaban, debido a que Liniers no era querido. Entonces Saavedra llevó a Liniers al balcón del Fuerte, donde fue ovacionado por una esencial cantidad de gente, convocada por exactamente el mismo Saavedra.


En ese instante aparecieron en la plaza los Patricios, ocupándola y desplazando a las milicias partidarias del golpe. Hubo ciertos disparos, que ocasionaron ciertos heridos, mas las milicias rebeldes evacuaron la plaza sin combatir.


Entonces Liniers ingresó de nuevo al salón en que estaban los claudicares y el prelados, y declaró de manera firme que no pensaba abandonar. En un giro muy curioso, el acta que se estaba redactando, que empezaba anunciando la renuncia de Liniers, acabó con la confirmación del mismo, con el general permiso de todos y cada uno de los presentes; incluyendo los miembros del Cabildo.


Todos se retiraron a sus casas, salvo los miembros del Cabildo. Horas después, entrada ya la noche, Liniers ordenó la libertad de los alcaldes y otras dignidades entrantes. Mas los cabildantes salientes, incluido Álzaga, continuaron presos.


Al día después, Álzaga y el resto líderes del movimiento fueron desterrados a Carmen de Patagones. La Audiencia comenzó un juicio contra ellos, por "independencia"(sic). Mas los 2 secretarios jamás fueron molestados.


Los batallones de milicias urbanas rebelados — tercios de Miñones, de Gallegos y de Vizcaínos, incluyendo a los Cazadores Correntinos — fueron disueltos. Una parte de las tropas pertinentes pasaron a otros cuerpos, mas los oficiales fueron dados de baja de forma terminante. Asimismo se encontraron implicadas cuatro compañías del 3° Batallón de Patricios a cargo de José Domingo de Urién y ciertos oficiales de los otros 2 batallones del cuerpo, como Antonio José del Texo (un capitán del 1° batallón), Pedro Blanco y Tomás José Boyso. Urién fue depuesto y a Texo se le empezó juicio por procurar matar a Saavedra. Los desterrados a Carmen de Patagones: Martín de Álzaga, Juan Antonio santa Coloma, Olaguer Reynals, Francisco de Neyra y Arellano y Esteban Villanueva, fueron salvados por Elío — quien proseguía sin reconocer a Liniers y mantuvo la Junta de Montevideo — y trasladados a esa urbe.


El Cabildo fue purgado de múltiples de sus miembros, y un nuevo conjunto de líderes, ligados singularmente al jefe de los Patricios y a el resto jefes militares criollos, aceptó el mando del mismo. Sin embargo, la mayoría de ellos — en contraste a Saavedra — no participarían en la Revolución.


Con la llegada de España del nuevo virrey, Baltasar Noble de Cisneros, los cuestionamientos de los pobladores españoles al sustituido Liniers quedaron en el olvido, y Cisneros absolvió a los responsables de la Asonada.


Poco después tendría sitio la Revolución de Mayo, dirigida por criollos en vez de españoles. Álzaga semeja haber tenido alguna participación en la elección de los miembros de la Primera Junta, si bien no de forma perceptible. Múltiples de los partidarios de Álzaga tuvieron activa participación en la Revolución, aliados esta vez del conjunto dirigido por Saavedra.


Uno de los vocales de la errada junta, Juan Larrea, fue miembro de la Primera Junta. Uno de los 2 secretarios, Mariano Moreno, fue secretario de exactamente la misma, al tiempo que el otro, Manuel Leyva, opuso los últimos obstáculos legales que debieron sortear los revolucionarios.


El primordial adjudicatario del descalabro de la Asonada fue Saavedra, a quien Liniers debía desde ese momento su gobierno. De allá de ahora en adelante, ningún gobierno pudo actuar en la ciudad de Buenos Aires sin el apoyo de las milicias urbanas, cuando menos hasta la crisis de mil ochocientos veinte. En verdad, fue la resolución de Saavedra la que desencadenó la Revolución de Mayo.


Desde Vicente Fidel López de ahora en adelante, la Asonada de Álzaga fue vista como una reacción absolutista, dirigida por españoles, para salvar el dominio de España en el Virreinato. Muchos historiadores han repetido esa visión desde ese momento. Entre ellos, Ricardo Levene, biógrafo de Mariano Moreno, no consiguió jamás conciliar esa visión con el panegírico de su biografiado. Uno de los últimos biógrafos de Álzaga, Lozier Almazán, no procura delimitar ese punto con precisión.


Posteriormente, múltiples autores han puesto en duda esa visión, observando que Álzaga era vasco, y había llegado al Río de la Plata siendo un niño; o sea, que mal podía pretender una dependencia de una España que prácticamente no recordaba, y por la que los vascos no sentían exactamente el mismo apego que los habitantes de las provincias centrales.


Asimismo, tampoco la siguiente trayectoria de Moreno condice con el presunto absolutismo de los partidarios de la Asonada. Por otra parte, a lo largo de esos años, los absolutistas siempre y en toda circunstancia se opusieron a la capacitación de juntas de gobierno.


La significación precisa de la Asonada de Álzaga prosigue abierta a discusión, si bien está claro que no todos y cada uno de los que participaron en ella perseguían exactamente los mismos fines. Ni tampoco coincidían en sus objetivos quienes se le opusieron.






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