Cuando
iba llegando a Armenia, lo noté desorientado”
(Juan
Manuel Muegues)
Los
inicios del Festival de la Leyenda Vallenata, creado y organizado por
la Cacica Consuelo AraújoNoguera, Alfonso López Michelsen y Rafael
Escalona Martínez, están estrechamente unidos a las experiencias y
correrías del médico Manuel Zapata Olivella en la provincia,
visitada también en esa época, por Gabriel García Márquez y Nereo
López.
Aunque
el imperio de los reyes vallenatos tiene su propia historia,
estimulada por la famosa Cacica, queremos rememorar las vivencias
juveniles de los mencionados escritores y artistas, ya que en mucho
influyeron en la formación literaria de los personajes que se
recuerdan en estas breves memorias.
La
propia Cacica como ellos, nunca se imaginaron en tan tempranas épocas,
que los cantos de un estudiante del Liceo Celedón, así como los
reportajes del hoy consagrado fotógrafo Nereo López, iniciara una
importante reportería para las Revistas O`CRUZEIRO y “LIFE”, que
sumado a los importantes concursos fotográficos mundiales de
la KODAD, sobre el mundo vallenato que nacía. Estos mismos se
fueron entreverando y dando paso a futuras vocaciones que
recogemos como un homenaje a la vida y hazaña de Consuelo AraújoNoguera,
cuyas resonancias llegaron anudarse con el galardón recibido por
nuestro Nóbel en Estocolmo, con sus novelas y cuentos inspirados en
recuerdos de infancia, en el legendario Macondo, así como de
Presidentes, Congresistas y político de la República y el
extranjero, ligados por el Festival folclórico de la música
vallenata, cuando nadie presagiaba los triunfos repetidos por esa rica
música costeña en los premios Grammy.
Entre
ellas, algunas significantes anécdotas vividas en nuestro país y el
exterior por el grupo de Delia Zapata Olivella y su hermano Manuel,
por Países como Francia, Alemania, España, la Unión Soviética y la
República Popular China.
Su
pasión vagabunda lo llevó a recorrer a pie Centroamérica. Era la
mejor manera para que un mulato contara de viva voz su historia. Todos
estos pasajes configuraron en él, un compromiso de primera mano que
lo llevó a constituirse en un observador cultural y no, en un
especialista musical de las diversas manifestaciones de nuestra patria
y otros pueblos de América. Su itinerante trashumancia se detuvo un día,
de recrudecida violencia, frente a un extenso valle de la costa atlántica,
donde por fortuna en ese entonces, se dormía
con las puertas abiertas y la mano amiga se posaba con firmeza
para brindar lo mejor de ella. Era una tierra que empezaba a vestirse
con los colores de un instrumento europeo, que aún hoy, le hace el
zigzag a la violencia y que pudo musicalizar la filosofía del hombre
provinciano. Era novedoso, pese a su costo, ver al hombre de esa región,
abrazar a un acordeón de una o dos hileras e irrumpir a cualquier
hora y exponer con una larga fanfarria, los cantos que ya empezaban a
identificar a toda una provincia.
Después
de un largo recorrido en tren, en donde las horas pese a lo eterno del
viaje, caían bajo el deslizamiento del riel que devoraba el verdor de
los platanales, el joven médico llegó a ese mundo, en donde dos años
más tarde, le insistió a
Nereo, su hermano de infancia y sueños, para que viniera a conocer
“El Paraíso”.
Esta
historia brota de sus labios, que sirven de parlante a una voz trémula
y cansada, por la labor implacable del tiempo.
“Yo
llegué en 1949. Lo hago pocos días después de recibir el grado de médico,
precisamente el día que me estaba graduando, el presidente Mariano
Ospina Pérez se tomó el parlamento colombiano y hubo disparos. Como
la facultad de medicina quedaba en la calle 10 con la avenida caracas,
todos esos disparos se escuchaban asi fueran debajo de la mesa. Esto
originó una cacería de brujas contra liberales y comunistas. Como yo
era miembro de la Juventud Comunista, me tocó salir en bolas de
fuego, dejando mis libros, ropas y todos mis enseres”.
Al
salir en tren, que partía de la calle 13, su objetivo era radicarse
en Venezuela. En ese tránsito y en busca de un refugio, llegó a la
Paz, población cercana a Valledupar, donde se encontró con su primo
Pedro Olivella Araújo. Después de un breve diálogo y conocer sus
intenciones, él le dijo: “No
tienes porque salir de tu patria. Quédate aquí, que yo te garantizo
que nadie se va a meter contigo”.
Al
llegar a esa región, estaba de moda los cantos de Escalona. Su manera
distinta de componer producto de su formación en el Liceo Celedón,
era evidente a través de su formación cultural y
literaria. A pesar de todas esas diferencias, Escalona
preserbaba la tradición de los cantos populares, que sumado a los de
Lorenzo Morales, Emiliano Zuleta Baquero y la voz de Alfonso Cotes
Querúz que junto a su guitarra, le hacia saborear las canciones como
“ El Negro Maldito ”, “La Estrella ”, “ Callate Corazón”
“La Loma ”, “ El Provincianito ”, “ El Tigre de la Montaña
” de personajes que más tarde conocería, como Francisco Rada, Juan
Manuel Polo Cervantes, Tobías Enrique Pumarejo, Samuel Martínez y
Germán Serna Daza. O el cuadro hermoso de ver a la vieja Sara María
Baquero, toda una matrona dictatorial y legendaria con sus pollerines
de bellos colores que le llegaba a los pies y sus
trenzas, mandando en el Plan Sierra Montaña y pueblos aledaños.
Al igual que la demanda que Sabas Torres le entabló a Rafael Escalona
por el famoso merengue “El Jerre Jerre”.
Esto sirvió para que esa breve estancia se prolongara por
cinco años, donde el joven Zapata Olivella, que ya había iniciado su
hoy, fecunda actividad literaria, sustentado en cuentos, novelas y
reportajes, se enfrentara a su praxis de médico donde se volcaron en
romerías, tantas parturientas, situación que enriquecía su vocación
psiquiátrica, desarrollada en el frenocomio de mujeres, al lado de
sus maestros José Francisco Socarrás
y el entonces director, Edmundo Rico. Lleno de una inmensa
vocación social se enfrentó a su actividad de atender a cuanta mujer
embarazada lo requiriera, sin cobrarle por ello. Solo recibía como
retribución su solicitud personal: “Después
de mi labor, pedía un chinchorro, un buen sancocho y el sonido
celestial que solo el acordeón podía brindar. El más humilde de los
rincones de esa adorable
provincia siempre tenía como colofón esos tres ingredientes”.
El
inquieto hombre de letras, empezó a percibir el fenómeno del canto
vallenato que modelaba en sí, todo el comportamiento de esa
comunidad, a través de sus costumbres, hábitos, alimentación y
vestidos. Esa función de observador directo le permitió consolidar
la propuesta que años más tarde le hiciera su hermana Delia, que
después de terminar su carrera de escultora, decidió entregarse de
lleno a la conformación de grupos de danzas folclóricas, mientras
viajaba a San Diego en la chiva de “Chiche”
Pimienta o cuando ésta se varaba, lo hacía a pie. Para él, era un
encanto cruzar el río chiriaimo, ya que los sonidos de los acordeones
a manera de bienvenida le mostraban sus variados intérpretes y
canciones, cuyos estilos
diversificaban al hombre representado en Juan Muñoz, Leandro Díaz,
Carlos Araque Mieles, Juan Manuel Muegues, Hugo Araújo, Juan y Pablo
López y quedar petrificado con los golpes endemoniado de Crisóstomo
Oñate conocido como “Pichocho”. A su
regreso a la Paz, decidió conformar un grupo vallenato. Aprovechó
las permanentes parrandas de valores como Fermín Pitre un músico
completo de Fonseca, quien al ser requerido por él, le dijo:
“Docto, yo me voy
con Uste, no importa la plata”.
A éste se sumó “Pichocho” y Antonio
Sierra, décimero de respeto y guacharaquero. El propósito
del Joven Médico de llevar a un cantador de décimas tenía su
fin y era, el poder
mostrarle a la gente del interior del país, que en nuestra provincia
había una tradición española muy arraigada. Al llegar a la Capital,
la música de Buitrago, Lucho Bermúdez, José Barros Palomino y Pacho
Galán, se estaba metiendo en el ámbito del interior bogotano, que
tenía en el estudiantado costeño a su más efectivo promotor. Esto
le sirvió, para presentarse por asalto a la residencia del Doctor
Alfonso López Michelsen y darle con el grupo vallenato, una serenata,
que fue el dardo que impulsó a
ese hombre de raíces vallenatas, recomendarlos en la emisora Nueva
Granada, con tanto éxito, que las presentaciones se incrementaron. Ésta
situación coincidió con la llegada de su hermano Juan, quien buscaba
continuar infructuosamente en la Universidad Nacional sus estudios de
medicina y como éste tenía cierta experiencia en el tema de
programas musicales, ya que hacía uno en Emisora Fuentes de
Cartagena, decidió hacer un programa en la Emisora La Voz de la
Victor donde inició el programa “La Hora
Costeña”, antes de regresarse a la heroica.
Después
de dos semanas de permanencia con el improvisado grupo de música
vallenata, regresó a la Paz. Supo que por esas tierras estaba el
antropólogo Gerardo Reichel Dolmatoff, con quien tenía una estrecha
relación amistosa. No había calentado su ambulante consultorio
cuando ya estaba con una delegación musical, entre quienes se
encontraba Rafael Escalona y Juan López. Decidieron ir a “la
Tomita”, lugar que servía como punto de encuentro de los
bohemios que partían de Valledupar o la paz, para llegar a Manaure,
que a manera de balcón
recibía a cuanto forastero o provinciano se atreviese a cruzar esa
zona llena de encantos y leyendas. En la noche, con mucho sigilo y
tratando de caminar en puntillas, Escalona como siempre, le dio la
orden a Juan López y éste como por encanto desabrochó su camisa
musical. No había recorrido muchos compases cuando se encendió una
fuerte luz en la carpa y apareció el Antropólogo con una pistola en
la mano derecha, diciendo: “Si
se demoran en tocar ese
acordeón, no estarían vivos”
A esta sentencia le siguió una estruendosa carcajada al unísono
que sirvió de antesala a una parranda de varios días. En medio de
ella, se enteraron que por ahí andaban los intrépidos Gabriel García
Márquez y Nereo López- de Mesa -. El primero tratando de averiguar
los antecedentes de su familia en esa región y el segundo, solicito
ante el llamado de su amigo de infancia. Mientras Gabriel García Márquez
era ilustrado con lujos de detalles por Pedro Olivella Araújo, sobre
la actividad de su padre, cuando
éste fue telegrafista en Valledupar, Nereo descifraba, los encantos
de los personajes vírgenes de nuestra provincia, con su vocación
libre de recoger todo cuanto aparecía ante él y teniendo como
alcahuete, una cámara atrevida.
Por
eso no era raro ver al muchacho vendedor de enciclopedias, pasarse
horas enteras escuchando los relatos sobre generales que habían
peleado la guerra de los mil días. Unas veces, era Sabas Socarrás.
Otras, Manuel Moscote que sumado a las de Clemente Escalona, nutrió
la vocación del querido y laureado novelista.
Mientras
el joven y solicitado compositor Escalona Martínez caía rendido por
la belleza de las mujeres de los pueblos que servían de inspiración
a sus sentimientos, Gabriel García Márquez se regresó a
Barranquilla con un panorama más despejado al tiempo que el médico
Zapata Olivella con la compañía de Nereo, se internaron por la
Sierra del Perijá, donde recogieron un importante estudio fotográfico
sobre los Motilones y Yukos, poco conocido y comentado por los
investigadores del vallenato. Pero
si esa ruta de nuestros nativos les atraía, no lo era menos, la
Guajira, por donde transitaba el contrabando, unas veces con el
whisky, otras con el tabaco y peor aún, “La Marihuana “, que los
llevó a un asentamiento Wayúú en el barrio Siruma de Maracaibo.
Manuel
Zapata Olivella, ahora, muchos años después, en Bogotá, comienza a
recorrer cada espacio en la casa de su ya difunta hermana Delia, donde
vive y empieza a halar la pita del tiempo. Cierra los ojos y sus
patillas blanquecinas tratan de cubrirle toda la cara. Se recompone en
su silla. Aprieta sus débiles manos entre sí y dice:
“Escalona y Nereo son mis compadres de sacramento. Ellos son los
padrinos de Harlem Segunda de la Paz y Edelma. El padre Joaco de la
Paz, no le quería bautizar a la primera con ese nombre, porque era
extranjero. Porque, como yo viví en ese barrio de los Estados Unidos,
quise hacerle un homenaje”.
Al
salir de la Paz en 1954 conformó un segundo grupo vallenato de
personas con ganas de figurar. Eran hombres que sabían de donde salían
pero la hora de llegada y las condiciones económicas estaban
expuestas a todos los avatares que en ese momento estructuraba la
naciente música vallenata. Esos cantadores
atrevidos, fueron los primeros divulgadores en el interior del
país, de nuestra música vallenata.
El
médico intentó convencer a Carlitos Noriega que le acompañara en su
nueva ruta y así, mostrar las diversas expresiones de la cultura
costeña, entre ellas, el vallenato. Se tropezó con la negativa de un
acordeonero que quería seguir amenizando a sus paisanos. Por eso
decidió proponerle a Juan Manuel Muegues, músico y compositor
manaurero que junto a Juan López, brujo de la Caja y el Acordeón,
mientras en la Guacharaca y Canto Dagoberto López Mieles, conocido en
toda esa región como “El Clarín de la Paz”,
quienes gustosos aceptaron ese desafío. Recorrieron varias ciudades
colombianas, entre ellas, Cali, Medellín, Bogotá y cuando iban
llegando a Armenia, el músico Juan Manuel Muegues le dio rienda
suelta a su inspiración, cuando en ritmo de merengue, dijo: “Manuel
Zapata Olivella, siendo médico ilustrado, cuando iba llegando a
Armenia, lo noté desorientado”.
Sobre
éste canto y la realidad que cubría al mismo, el escritor tiene su
versión: “Quien
estaba desorientado era el músico. Él no sabía y no tenía
porque. Mi preocupación giraba entorno al rumor de un asalto por
parte de los chulavitas a
Armenia y esto en realidad me preocupaba, ya que tenía una
responsabilidad con el grupo. Al final, no pasó nada y todos
regresamos a nuestras casas”.
Para
el año de 1956, los hermanos Manuel y Delia, se dieron a la tarea,
nada difícil para ellos, de organizar y recoger la mejor muestra del
folclore costeño. El escritor por su parte, trató de persuadir a
Nicolás Mendoza Daza para que le acompañara a Europa. Sin embargo,
la negativa del reconocido y siempre recordado acordeonero se hizo una
vez más presente, en el ya tercer intento fallido. Como llegó a
decir el médico, “Colacho
se asustó. Europa no estaba en sus planes”.
Mientras Delia,
constituía lo mejor de la dancística, su hermano reunía a los
“Gaiteros de San Jacinto”, donde Antonio Fernández, era la carta
más destacada por su reconocida fama como cantador, compositor y
ejecutante de la gaita macho, acompañado por lo hermanos Lara. Juan,
depositario de la magia con su gaita hembra y José, incomparable
tamborilero. Además, estaban exponentes de diversas regiones del país,
entre ellos, el chocó y el Valle del Cauca, del que sobresalían
Madolia de Diego, joven quibdoseña, cantante de “alabaos”,
romances y mejoranas, el porteño Salvador Valencia de Buenaventura,
ejecutor de la marímbula de chonta, los palenqueros Erasmo Arrieta y
su primo Roque, ejecutaban la caña de Millo mientras Lorenzo Miranda
preservaba la tradición de los ancianos batata, heredero de los
tambores y cantos religiosos del lumbalú africanos; Por su parte,
Leonor González Mina, quinceañera entonces, interpretaba las
canciones de minería de los antiguos feudos españoles de Puerto
Tejada y Cáceres. Como es de imaginarse, todos bisoños en aquello de
aventuras por el desconocido viejo mundo de Europa y Asia. Talvez,
este destino les dio ánimo para emprender la mayor aventura que grupo
Folclórico americano, iniciaron por tierras extranjeras con un pasaje
de ida y sin regreso, lejos de sus familias y con la vaga esperanza de
regresar algún día a sus lares. Llegaron
a París en época de invierno. Allí contaron con la ayuda patriótica
e incondicional del
Doctor Eduardo Santos, quien les consiguió alojamiento y alimentación
en una residencia estudiantil. Al tiempo, les llegó una invitación
para que asistieran al séptimo festival de la Juventud en Moscú. Allí
se encontraron con el futuro premio Nóbel Gabriel García Márquez
quien borroneaba “El Coronel no tiene quien le
escriba”. Enterado de la ausencia de Nicolás Mendoza Daza en
la delegación, tenían que llenar esa vacante. Es la voz activa del Médico
quien relata ese episodio:
“Gabo nos sugirió
que lo metiéramos en reemplazo de “Colacho”. Mi hermana Delia le
dijo: “Yo no le voy a mentir a los Soviéticos diciéndole que tu
eres miembro del grupo. A no ser que quieras ser bailarín o músico”:
Ante ello, Gabo respondió: Bueno, me voy de tamborero”. Así entró
a la unión soviética. Como la
gran cortina de hierro le impedía tener acceso a los periodistas de
occidente, este viaje lo aprovechó nuestro Nóbel, ya que allí hizo
su famoso documental frente a la tumba de Lenin, que le dio la vuelta
al mundo. Fue una manera de ver las cosas de la unión soviética al
resto de los países. De ahí pasamos a la República Popular
China, donde fuimos invitados por Mao Tsetung. Siendo los
primeros integrantes de un grupo folclórico en mostrarle a los
hermanos Asiáticos, muchos de los rasgos comunes de la tradiciones
milenarias de nuestros pueblos. Esta travesía duró dos años”.
Durante
ése periplo cultural fueron muchas las anécdotas que nutrieron el
espíritu indomable de los hermanos Zapata Olivella y sus
acompañantes. Uno de ellas, la vivieron con el músico Roque Arrieta.
En Moscú a la delegación le regalaron un Acordeón. Éste músico se
apoderó del instrumento y empezó todas las noches durante un mes a
tratar de sacarle melodías, tarea que cada día se hacía más
imposible de conseguir. Ante este hecho, la bailarina Delia lo reunió
ante todos sus compañeros y le dijo:”Bueno Roque qué es lo que
pasa contigo, tienes más de un mes tratando de sacarle algo al
Acordeón y nada. Qué es lo que pasa?”. Roque Arrieta se paró
bastante preocupado y le dijo a Delia: “Eso no es culpa mía”.
“Por qué”, increpó Delia? Lo que pasa es que éste
Acordeón es ruso y no habla español”