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SAN
PELAYO ENTRE LA MUSICA Y LA DANZA
Por:
William Fortich Díaz
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Rueda
de Fandango. Foto: Willaim Fortich |
San
Pelayo, la capital mundial del porro y sede permanente del Festival
Nacional de ese aire, festeja
un evento que expresa cabalmente la cultura sinuana en toda
su integralidad.
Cada
año, a fines de Junio y principios de Julio, el pueblo se viste con sus
mejores atuendos: los pelayeros preparan su residencia y su corazón para
recibir a familiares, amigos y fuereños. Todos los rincones de la
vivienda se llenan de improvisadas camas y las inigualables hamacas en las
que reposará mas de un “guayabo” pelayero, fruto además, de los
juegos del amor.
Los
patios perderán la tranquilidad bucólica del verano que acompaña la
vida cotidiana para convertirse en parqueaderos, inmensas cocinas para
alimentar los ejércitos de invitados y no invitados que llegan a San
Pelayo.
El
Festival del Porro y las vacaciones del mes de Junio, son el pretexto para
congregar la familia, hacer la comilona de viuda de carne salada, sancocho
de gallina, chicharrón o mote de queso y conversar entorno a los
“chismes” anécdotas y sucesos que de una u otra forma afecta a la
familia.
Conversar,
por que ella, “la conversa” es una directa y cercana forma de vida del
sinuano cuya oralidad fecunda el amor y la amistad. La oralidad no se
opone a la escritura, pero aquella es una condición básica del carácter
y de la personalidad espontánea del sinuano. El hablar es parte principal
en la vida generosa, gesticulante de una cultura de río y ciénagas.
El
porro y las bandas de músicos son los convocantes para renovar los lazos
familiares y de amistad que constituye una terapia increíble para
consolidar el amor por el pueblo.
En
esas reuniones de patios, puertas y esquinas, habrá risas, recuerdos, lágrimas
y silencio que explotan en el corazón, pero sobre todo, habrá palabras
vibrantes saltando de boca en boca para animar la vida.
San
Pelayo será otro y desde un mes antes o mas, por sus calles deambulará
el espíritu de la música, anunciando que el festival se aproxima.
“Pitosolo” recorrerá las calles del pueblo; se llama Elio Francisco
Ramos, un músico que hizo parte de la Banda Aires de la Madera, un
corregimiento de San Pelayo, y conjuntamente con Manuel Zapata Olivella y
Delia Zapata Olivella, recorrió el mundo. Cuando regresó a su banda,
esta había desaparecido. El Compae “Goyo” dijo que perdió el juicio
por los efectos de la música y hoy, hace veinte años, se le ve por
calles y caminos con un clarinete, tocando la música de la tierra, solo,
con su “legión” de espíritus, sintiéndose un músico del mundo.
San
Pelayo se llenará de música de hojitas, gaitas, “chiflidos” y
viento, el viento mismo será música como en los tiempos precolombinos
del Zenú. El misterio de la música se levantará en cada
residencia con la voz del clarinete, trompeta, redoblante, bombo,
bombardino, en fin, de noche y de día, como la vida misma.
Entre
tanto, los personajes mas importantes del pueblo serán los músicos y
otros que engalanan con la riqueza de su ternura senil, el parque y las
calles, como antaño lo hacían Adriana, Agustin Viellard, Manuel
“Zumbio”, el “Ñato” Guerra, que ya no están entre los vivos. En el XXIX Festival del Porro no
escucharemos la dulce voz de la trompeta de Julio Paternina, ni el
clarinete de Gil Guerra, pero en el parque, en el atrio de la Iglesia, en
las calles y callejones del pueblo se percibirá la música cargada de
recuerdos.
Esto
todo es solo memoria del pueblo, memoria de los últimos treinta años,
durante los cuales se ha visto un cambio fundamental. Hoy, quienes tienen
veinticinco años (25) años, apenas tenían tres (3) cuando un reducido
numero de muchachos y muchachas soñaban con el Festival y un 24 de Junio
de 1977, vieron una alborada musical con una banda de músicos, infinita,
organizada en el parque de San Pelayo, fue un amanecer gigantesco que no
les cabía en el entendimiento, pero los llenó de nostalgia y llanto. Fue
un reencuentro con el tiempo ido, con la música que casi no escuchaban
tan directamente. Ya el disco y la radio habían reemplazado a las bandas,
todavía no había tanta televisión.
Fue
el inicio del segundo aire del Porro en general y del Porro Pelayero en
particular. También de las bandas de músicos. Una segunda oportunidad
para la música y el arte en San Pelayo, a partir del estudio de la
tradición.
Hoy
cuando se habla del aprendizaje significativo, esto es más cierto que
nunca. Muchos en Córdoba han aprendido a escuchar a Beethoven con el
Porro Pelayero.
Según
nuestras fuentes, en este 2005 se están cumpliendo cien (100) años desde
cuando José Lugo Espinosa y Samuel Herrera, dos Loriqueros traídos
especialmente por los organizadores de los fandangos de pascua, fundaron
la Banda “Ribana” de San Pelayo. Fue el inicio de la tradición
bandistica de San Pelayo, que se consolido con la creación de obras
musicales en aire de porros, fandangos, puyas, sobre un repertorio de
danzones, valses, pasodobles, marchas y otros aires interpretados con las
características impuestas por los pelayeros en las fiestas en corraleja,
fandangos, velorios, funciones de iglesia y toda suerte de festejos
populares.
La
tradición recoge las prácticas, usos y costumbres de la segunda mitad del
siglo XIX, época en la que predominaban los bailes Cantados o Fandangos
Cantados y bailes de Cumbia que organizaban los barrios de “Pelusa” y
“Tomate” durante las fiestas de pascua. Pelusa, era el barrio de
“Arriba” y Tomate, el barrio de “Abajo”. Por eso los nombres de
las primeras bandas de San Pelayo comprometen la tradición de los barrios
“bajero” y “ribano” las bandas “Ribana”, “Bajera”,
“Central”, le dieron a este pueblo el posicionamiento que sus
condiciones políticas, económicas y sociales le negaron. De pueblo
olvidado y triste, se convirtió en la Capital Mundial del Porro.
Entre
1905 y 1930, fueron creadas las obras musicales que hicieron famoso a San
Pelayo y fué la invención de hombres humildes con apellidos muy
conocidos en la región: Garcés, Ramírez, Paternina, Angulo, Galvan,
Guerra, Herrera y muchos más, creadores de Maria Varilla, Soy Pelayero,
el Pájaro, el Ratón, el Sapo Viejo, el Binde, el Pilón, la Mona
Carolina, el Sábado de Gloria, el Tortugo, el Gran Narzo, No te Tires por
el Suelo, Siete de Agosto, Catalina, Lorenza, Mocarí, La Seca, el
Fandango Viejo Pelayero, la “Chucha” de la Perra y otras.
Esa
tradición de música y danza, sacó a San Pelayo del anonimato, a finales
de los años setenta (70), cuando un grupo de personas decidieron
organizar el Bicentenario y Primer Festival del Porro Pelayero del 24 al
26 de Junio de 1977. Hasta ese momento la gente de este pueblo se
avergonzaba de haber nacido aquí y huían de él, emigraban con una
leyenda negra a cuestas, burlándose de sus políticos y administradores a
quienes censuraban por su ineptitud y deshonestidad. De los Concejales se
decía con alguna razón, que sesionaban ebrios. En fin hace treinta (30)
años, la juventud acusaba a la clase dirigente de entonces de ser la
responsable del olvido y atraso de San Pelayo. Los pelayeros que se iban
del pueblo, jamas se reconocían de San Pelayo.
Esto, cuando realizaremos
el XXIX Festival del Porro, ha cambiado y se ha consolidado un proceso de
identificación formidable que, no obstante, no ha cambiado radicalmente
Viejos Vicios de la cultura política. Apenas se dan los primeros pasos
para que el Festival del Porro sea organizado por una Fundación como
entidad autónoma y democrática y no por una junta nombrada directamente
por el alcalde de turno y compuesta por sus amigos.
Desde
1977, un trabajo paciente ha configurado un imaginario que le ha dado
nueva forma y contenido a la Sinuanidad. María Varilla se ha erigido en un
símbolo Categórico del Sinuano, como música y danza. Musicalmente es el
himno popular del Departamento de Córdoba y coreográficamente expresa
el sentimiento más puro de la cultura regional. Ella no es una mujer
concreta, es un mito y como tal es solo espíritu que renace cada vez que
la música extiende sus alas de mariposa invisible para sensibilizar a
hombres y mujeres. El guapirreo es expresión de ese espíritu que se
apropia del danzante. Ellas lo perciben, también los músicos. En ellas,
la danza es un estado de levedad y sus pies apenas tocan tierra, las
caderas se mueven de izquierda a derecha en un movimiento de batir
de palmeras al viento. Todo su cuerpo se mueve con increíble suavidad,
esto es, no hay en el porro ni en el fandango un movimiento brusco. Es una
danza con movimiento espiritual pero con propósito terrenal, se advierte
en el rostro de ella y en los movimientos de él, quien la persigue tratando
de atraparla con trampa: Lanzar el sombrero al suelo es una de ellas; pero
ella se defiende con el manojo de espermas, de un acoso construido sobre
la música. Esta crea el espíritu, mejor, revive el espíritu de la
sinuanidad que ilumina el rostro de la mujer. Ella no se pertenece, el espíritu
cabalga en ella en un desdoblamiento de la personalidad que la hace un ser
etéreo en una danza de orígenes paradójico, judeocristianos, americanos
y africanos, en una hibridación de varios siglos.
Así
es San Pelayo, un municipio ubicado en el Sinú medio, en el Departamento
de Córdoba, entre los meridianos 8 grados 58 minutos de latitud norte y
75 grados y 51 minutos de longitud oeste de Greenwich. Los suelos del
municipio se hallan entre los 8 metros hasta las zonas mas altas ubicadas
en las colinas de la parte occidental a unos 235 metros sobre el nivel del
mar, con una temperatura promedio de 28º grados centígrados, posee un
area de 451.12 Kilómetros cuadrados y una población aproximada a los 40
mil habitantes. Su economía está sustentada en las actividades
agropecuarias, ocupando el 60% del área territorial en la agricultura del
maíz, algodón, yuca, fríjol, arroz, plátano, ñame, mientras la
ganadería es extensiva de tipo tradicional bovina de doble propósito,
con predominio de la raza Cebú.
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