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La
música de la costa Atlántica colombiana en México,
un fenómeno
trans-fronterizo.
‘Transculturalidad
y procesos identificatorios’
Por:
Darío Blanco Arboleda
Antropólogo
- Universidad de los Andes
Especialista
en Cultura - Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa, México
Magíster
en Ciencias Antropológicas - Universidad Autónoma Metropolitana -
Iztapalapa, México
Doctorado
en Ciencia Social con énfasis en Sociología - El Colegio de México,
México DF.
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Regio-colombianos
tocando en las calles
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Aquí
nos tienes de nuevo, humildemente en tu bonito festival
Con
la firme idea de ganar el primer puesto
para
que en tierra Azteca tengan su cacique Upar
Con
la firme idea de ganar el primer puesto
para
que en tierra Azteca tengan su cacique Upar
A
santo Ecce Homo siempre le vivo pidiendo
me
de su licencia para mi meta lograr
Y
si yo lo logro te juro Guadalupana
que
volviendo a mi tierra yo te lo voy a brindar
Y
si yo lo logro te juro Guadalupana
que
volviendo a mi tierra yo te lo voy a brindar
Ayy¡
yo no soy, yo no soy del Magdalena,
de
la Guajira ni tampoco del Cesar
Yo
soy de una tierra donde la influencia extranjera
hombre!
poquito a poco con el folclor fue a acabar
por
eso le digo a toditos los vallenatos
que
si quieren su tierra cuiden su festival ([1])
(López: 2002)
Introducción
La
música como otros productos culturales se ve expuesta, en la actualidad,
a vertiginosos desplazamientos, entre los ámbitos local y transnacional,
catalizada por la modernidad y la globalización. Este trabajo se propone
abordar la manera en que se da la transnacionalización de la música de
la costa Atlántica colombiana a México, enfatizando cómo esta música
ha servido a manera de herramienta, en la construcción de procesos
identificatorios[2]
en el ámbito local, regional y nacional en Colombia, contrastado con el
proceso análogo en la ciudad de Monterrey-Nuevo León.
Las corrientes principales dentro de estos estudios como la etnomusicología,
los trabajos sobre las músicas del mundo (world
music), o de música pop[3],
nos hablan de expresiones musicales que en general implican una asimetría
entre el origen y las zonas a donde se desplazan. El caso a estudiar nos
muestra una transnacionalización de la música, pero desde lo popular,
entre grupos sociales de escasos recursos. Se diferencia de la world
music, o la etnomusicología, ya que éstas son generadas en contextos
‘tribales’, ‘étnicos’, del tercer mundo, es decir de la Otredad;
y el ‘material recolectado’ como objeto de museo debe ser ‘curado’
para poder ser exhibido, además de transformado, mimetizado y eugenizado,
con el fin de ser consumido en el primer mundo, en un ejercicio simbólico
de ‘etnología de rescate’. Ejemplos de esto los encontramos en la música
‘tribal,’ ‘étnica’, distribuida por todo el mundo a través de la
categoría -aglutinadora de una inmensa diversidad, hoy en día
eminentemente comercial- world music[4].
Estas características las encontramos igualmente en géneros como el
reggae, el ska, la salsa, el son, el tango, etc. Nuestro tema de estudio
también se diferencia del otro fenómeno ampliamente estudiado por los
académicos, la música pop, ya
que estos son géneros musicales creados, desarrollados, en el mundo hegemónico
y que desde este centro, apoyada por la industria musical, se distribuye
hacia las periferias. Los ejemplos los encontraríamos en el rock, punk,
metal, rap, hip-hop, etc.
En
este sentido, estamos frente a un fenómeno de intercambio cultural-simbólico
Sur-Sur. Vemos como una música del Sur llega al Sur, y se establece por
lo menos en un caso, sin mayor ayuda de la poderosa industria musical y de
todos los aparatos agregados a ésta -en el ejercicio de la comercialización
y el consumo-; externamente a la industria comercial musical logra el
mantenimiento de un género a través de circuitos subterráneos durante años.
Posteriormente, por intermedio de estos circuitos, logra expandirse hacia
los E.U. pero se mantiene dentro de los grupos migrantes provenientes del
Sur; mostrándonos cómo, hasta recientes fechas, esta música ha sido
escuchada y bailada por las clases populares latinoamericanas,
consistentemente, incluso de manera reciente en el Cono sur de América,
al igual que al inicio en Monterrey, entre grupos de jóvenes marginales.
Dentro
de este campo disciplinario los casos trabajados se refieren
principalmente a desplazamientos Norte-Sur, o viceversa; generalmente en
marcadas condiciones de desigualdad, presente, como en todos los campos,
también en la cultura y sus bienes como la música este caso nos brinda
la oportunidad de comprender las dinámicas y lógica de un desplazamiento
Sur-Sur, entre clases sociales de base, en la producción, recepción,
consumo y adaptación musical. Adicionalmente ha generado, durante estos
desplazamientos geográficos y simbólicos, unas poderosas identidades
sociales y culturales que se convierten en el aglutinante principal, y más
importante imagen de sí, para sus consumidores. Es una de las
peculiaridades, que esta música se desarrolló, parcialmente, por fuera
de los mass media, siendo
estigmatizada y atacada por éstos, manteniéndose y creciendo sin tener
el sustento de la industria musical.
La
música caribeña colombiana nos brinda un caso atípico, dentro del
estado del arte sobre la transnacionalización de los productos
culturales, y puede brindarnos valiosas aportaciones a la teoría general
sobre globalización, transnacionalización, y transculturalidad, alejándonos
y brindándonos elementos para contrapesar la posición neo-colonialista
con que se ha manejado este campo y su teoría.
La
música de la costa Atlántica colombiana, actualmente, se ve expuesta a
un proceso de rearticulación que genera múltiples interlocuciones y
tensiones, entre la música producida por sus primeros cultores, la que
pide, produce, y moldea el mercado global, y la que hacen los grupos
sociales que la adaptan a nuevas geografías a donde llega -gracias al
mercado global y las migraciones-. En este proceso de expansión del género
se establece un diálogo, al mismo tiempo que se miden fuerzas. Esto hace
que se vean transformados parámetros aquí y allá, dependiendo de las
tensiones y la aceptación de un público cada vez más amplio, lo cual
genera pugnas, reapropiaciones, y acuerdos. En este caso se hace
referencia a Colombia, cuna de estos géneros, y México, específicamente
Monterrey, donde fueron recibidos y echaron raíces sufriendo un proceso
de transformación para hacerlos más inteligibles dentro de esta nueva
geografía cultural.
Este
es un proceso de transferencia y desplazamiento que va, desde lo local
hasta lo transnacional, pasando por referencias regionales y nacionales;
para una vez superadas, realizar una rearticulación que vuelve al
ejercicio identificatorio en el ámbito local. Es un claro ejemplo del
desplazamiento, de doble sentido, al que se ven expuestos los productos
culturales debido al proceso de hibridación catalizado por la modernidad.
Dentro de la música costeña colombiana (entre otras músicas
transnacionales) podemos imaginarnos este desplazamiento como un periplo,
donde el constructo cultural parte de su localidad natal, para irse
expandiendo por todo su país hasta traspasar las fronteras. Una vez
fuera de ellas se establece de manera ubicua en diversos países,
pero no en la totalidad del territorio de los mismos, sino en localidades
pequeñas semejantes a las de donde partió, donde sufre un proceso de
resignificación y de reterritorialización. Parafraseando a Ramón
Pelinski quien trabaja el tango nómade, el vallenato y la cumbia al salir
de Colombia y migrar hacia nuevas ciudades se convierten en
interculturales. En el transcurso de su desterritorialización se ven
obligados a seleccionar rasgos estilísticos, a transformarse al
interactuar con las estéticas musicales sobre las que se
reterritorializan, haciéndose inteligibles para éstas. El vallenato y la
cumbia logran mutaciones musicales en la cultura receptora, además de
simbolizar este proceso de transformación sociocultural, dando como
resultado una expresión musical mestiza, (2000:33) sincretizada, y con
capacidad identificatoria. Al ser resignificados son traducidos, además
de amalgamarse con la tradición musical y cultural existente.
Por
un lado, una expresión cultural de origen local se desplaza hasta
alcanzar la transnacionalización, implicando esto su reificación en
nuevas geografías. Sin embargo, aun cuando se realiza este desplazamiento
y expansión, es reinsertada en una zona geográfica específica dentro de
la nueva nación; arribando al mismo ámbito de donde se partió, pero al
mismo tiempo, reconstituyendo un nuevo sentido de lo local para ésta. En
el caso del vallenato se trata (en su origen) de una música estigmatizada
y relegada, ejecutada por grupos minoritarios de campesinos, de
ascendencia afro, en la costa Atlántica colombiana. El género musical
sufre diversas transformaciones, y pasa a ser reapropiado como la música
representativa de toda esta región colombiana. Posteriormente es
utilizada como ’caballo de batalla’, en las pugnas políticas[5].
De esta manera, se amplía su influencia y se convierte en ‘la música
de la nación’ colombiana. Desde este podio se catapulta al ámbito
transnacional, siendo reinsertada en la ciudad de Monterrey, dándosele en
esta localidad un nuevo sentido.
Se trata de un continuo diálogo entre lo global y lo local, encontrándose
en el interludio numerosas mediaciones. Este fenómeno se ha expandido
fuera de su territorio, pero debe compartir este nuevo espacio de
significación con otras expresiones culturales globalizadas, sumadas a
las propias expresiones culturales locales del lugar de recepción; dando
como resultado un nuevo producto cultural denominado por sus
intérpretes y público como ‘regio-colombiano[6]’.
En
Monterrey un grupo social de origen rural, pero de migración y
establecimiento urbano, logra conformar una identidad generacional[7]
y grupal, que les permite diferenciarse de sus padres en un primer momento
-debido a que éstos poseen un marco cultural rural que ya no les es útil
ni válido, a los hijos, dentro del contexto citadino donde les tocó
vivir, siendo además su nuevo medio bastante hostil-. Así su elección
musical les permite este primer deslindamiento de carácter generacional,
pero al mismo tiempo mantener el hilo de unión, de continuidad con su
ascendencia; ya que su elección identitaria no está, en este sentido,
desligada de ninguna manera, ni es arbitraria.
El
segundo desmarcamiento que les permite esta música es en el ámbito de
las clases sociales, ellos como hijos de migrantes, en su gran generalidad
de escasos recursos y sin posibilidades de vinculación laboral estable,
se enmarcan en lo más bajo de la escala social. Dado esto, necesitan de
una identidad que los aglutine, que les brinde fuerza, que les permita
defenderse de una sociedad más amplia que los estigmatiza, los relega,
los ataca. Es mi hipótesis que al sentirse atacados esta identidad se
esencializa y se sobredimensiona convirtiéndose, de una simple elección
o gusto musical, a un rótulo que los determina, que los engloba, que
sintetiza todas sus demás identidades, transformándose en un estereotipo
socialmente difundido conocido como colombianos.
Estos grupos al definirse, y verse definidos, por esta categoría
esencializada al interior, estereotipada y estigmatizada al exterior, se
verían orillados a utilizarla como mecanismo contestatario, como
herramienta de reto, reivindicación y defensa.
Es
relevante saber que entre un número amplio de elecciones musicales
posibles, en una zona de gran riqueza
y fuerza musical -cuna de la música regional, e industria
relacionada, más vigorosa de México- se escoge e implementa un producto
trans-fronterizo que se encontraba, parcialmente, por fuera de los
circuitos comerciales, de los medios masivos, perteneciente a un país
lejano, al que desconocen, y que poco a poco se va erigiendo en un
imaginario predominante y un referente simbólico poderoso que determina,
que representa todo su ser -su identidad-. El fenómeno colombiano
se inició dándole identidad a los hijos de los migrantes del interior
del país que llegan a Monterrey. Con el transcurso de los años (unos 40
aprox.) esta categoría identitaria ha tenido que afrontar diversos
desplazamientos. En primer lugar los generacionales -ya que se ha
experimentado un relevo- y han aparecido por lo menos dos generaciones
desde los primeros cultores. Paralelamente se ha realizado un
desplazamiento en la adscripción social de los portadores ya que la música,
por una parte, ha ampliado su masa receptora dramáticamente; y por la
otra, el grupo portador original de la categoría tuvo, en muchos casos,
un ascenso dentro de la escala. Así se perfilan dos variables que
determinan las transformaciones del fenómeno, primero: las nuevas
generaciones, las edades, la repercusión que esto tiene dentro del marco
social- temporal y los cambios que determinan y conllevan. Segundo: la
categoría ascendente de clase social de algunos actores, confrontada a la
categoría colombiano que trae
inherentemente un estigma[8]
de pobreza, marginación, y de baja escala social.
Identidad
globalizada
Identidad
Los
grupos se identifican de acuerdo al contexto histórico sobre el cual se
esté desarrollando su entorno social. Este entorno se encuentra
localizado y no implica que los grupos tengan
una identidad en común. La identidad se fundamenta en las relaciones que
se establecen entre un ‘nosotros’, para definir un ‘ellos’ que nos
diferencie. Esto quiere decir que las relaciones sociales se construyen,
bajo contextos de interacción, entre un ‘nosotros’ frente al
‘otro’ (Grimson,2000:29). Estos conceptos permiten delimitar
claramente que las adhesiones identitarias no están determinadas por
naturaleza, ni por el lugar de nacimiento. Son construcciones resultantes
de invenciones e imaginaciones grupales (Barth,cit.en Grimson,2000:34).
Maalouf nos hace un llamado a dejar de ver la identidad de manera
“estrecha, exclusivista, beata y simplista” (1997:15), donde se reduce
todo un proceso identificatorio a una sola identidad esencializada.
Nos señala que nunca hay una sola pertenencia que domine totalmente a las
demás, aún cuando esto parece ser el caso, es debido a que esta
identificación particular se encuentra amenazada por otros; así la
idea de identidad se encuentra mediada por jerarquías y continuas
transformaciones que modifican de manera profunda los comportamientos (Op.Cit.:24). Por esto Maalouf nos insta a la elaboración de un
nuevo concepto de identidad (Op.Cit.:48)
que no nos coloque a los habitantes de este planeta unos en contra de
otros; ya que ésta es una concepción muy peligrosa si nos hallamos
situados dentro de un proceso de globalización, que estrecha y que encoge
el mundo vertiginosamente, amalgamándonos, hibridándonos.
La
cuestión de la identidad está siendo materia de debate riguroso dentro
de la teoría social. El argumento es que las viejas identidades
-asociadas al Estado Nación- que estabilizaron el mundo social por mucho
tiempo se encuentran hoy en día en crisis, dando paso a nuevas
identidades, descentralizando y fragmentando al individuo moderno, dando
fin al sujeto unificado. Los fenómenos de la globalización, y la
transnacionalización, nos establecen una necesidad de repensar la noción
de cultura, de identidad, a partir de las relaciones de causalidad (acción
e interacción), entre agentes o esferas causantes de cambio y la producción
de nuevas formas de poder y de exclusión. No se debe olvidar que todo
nivel de integración en su dinámica desintegra, ya que al incluir se
excluye. Al delimitar, se establece un afuera. Se mantiene, de una manera
más sofisticada y moderna, la vieja tradición idealista que opone la
tecnología a la cultura de la misma manera que la materia al espíritu.
De la tecnología proviene, hoy en día, uno de los más poderosos
impulsos hacia la homogeneización. La posición que la enfrenta y que
descubre este reduccionismo es la pluralidad cultural, que es la
representación de la diferencia del otro (Barbero,1985:5). En este punto,
los regio-colombianos establecen
una posición de lucha, al elaborar una discursividad identitaria que les
permite resistir los embates modernizadores -homogenizadores, a partir de
la música.
Una
cuestión importante que surge de las nuevas tecnologías de comunicación
para Latinoamérica, es que éstas al imponer su simulacro de
racionalidad, al recortar la realidad a partir de sus presupuestos y
necesidades, hacen visible y evidencian lo no incluido, lo no abarcado, la
alteridad cultural que se resiste a este proceso de homogeneización, de
cuantificación; encarnado en las culturas populares. La cultura popular
latinoamericana nos establece un espacio de conflicto profundo, y de dinámica
cultural, que se resiste a los procesos implementados desde el Norte.
Nuestros
sujetos de estudio encontrándose en una zona de frontera con los E.U.
deciden elaborar su identidad con una música del Sur, generando una
posición, una resistencia. La racionalidad tecnológica busca acabar toda
diferencia que se resista a la cuantificación, a su propia lógica. De
esta manera, se establecen resistencias que además de su evidente carácter
de oposición a modelos contra-culturales, establecen nuevos modelos de
sociabilidad. Así la no contemporaneidad en materia tecnológica entre
Norte y Sur, no puede ser leída como quisieran los hegemónicos, desde
una lógica del atraso, de la barbarie; sino de la resistencia, de la
reificación, del sincretismo. Esto hace claro el mestizaje presente, la
hibridación y el choque cultural, estableciendo como inherente la ambigüedad,
la escisión en su propia existencia. Esto nos impone un replanteamiento
del concepto de identidad cultural, cuidándonos de las idealizaciones del
pasado, ejemplificadas en la ideología indigenista -con su falso
presupuesto de no conflicto-. Por esto debemos prevenirnos de leer las
transformaciones como rompimientos de la identidad, y la conservación
como el mantenimiento de la misma, trampa de congelamiento temporal, del
aislamiento presente, en los purismos de los que se componen los
folclorismos y los viejos nacionalismos. En los nacionalismos el folclor
es lo puro, lo auténtico sin contradicciones, ya que este folclorismo se
identificó con la continuidad de lo nacional y la preservación del
Estado que vendría a ser el guardián de la autenticidad y de la pureza
(Barbero,1985:11-13). En este orden de ideas, el ejercicio sincrético
realizado por los colombianos de
Monterrey no hace que esta música sea menos ‘mexicana’ (debido a su
procedencia) es readaptada, resignificada, a su realidad socio-cultural,
sin pérdida o diluimiento de su adscripción y pertenencia al norte de México.
Los purismos -legado romántico- no existen bajo sus propios términos; no
son otra cosa que una posición beligerante al seno de un conflicto de
poder. El fenómeno regio-colombiano
puede leerse como una posición defensiva, como una herramienta, que ayuda
a establecer un discurso contestatario frente a una conflictividad social
que viven desde la escisión y la estigmatización.
Se
debe romper con la arraigada concepción evolucionista de la diferencia
cultural -que nos plantea que la Otredad no se puede entender sino como
atraso frente a lo moderno- como lo bárbaro, salvaje, opuesto a la
racionalidad occidental; donde las tecnologías comunicacionales actúan
como maquinarias homogeneizadoras, así la alteridad es excluida. Es
sugerente la paradoja de la comercialización de las diferencias, por
parte de las transnacionales, ya que dentro de la homogeneización de los
mercados, y de los gustos, se ven obligados a exhibir la diferencia. Sin
embargo, previamente, le han desestructurado su capacidad relacional, es
decir de conflicto[9].
Es un desplazamiento de la diferencia hacia la ‘distinción’, de lo étnico
hacia lo típico, en un ejercicio de identidad relacional negativa; bajo
la idea de que estas culturas sólo poseen valor en cuanto hacen evidente,
y notorio, el valor de la cultura Occidental. Así estamos constituidos a
partir de las carencias y ausencias; si no llenamos estos vacíos no
encontraremos el ‘desarrollo, la libertad, la democracia’
(Barbero,1985:15). Dentro del desarrollo del concepto de identidad Hall
(1995.:597,598) distingue tres diferentes concepciones de la misma: el
sujeto ilustrado, el sujeto sociológico y el sujeto postmoderno. El
sujeto ilustrado se basa en una concepción del individuo como
completamente centrado, como un individuo unificado dotado con las
capacidades de razón, conciencia, y acción, donde el centro esencial del
individuo es su identidad personal. Esta identidad es la esencia que
emerge con el nacimiento del sujeto y que se mantiene sin cambios, idéntica,
a través de toda la vida del individuo. El sujeto sociológico refleja la
creciente complejidad de la modernidad, se desplaza de la individualidad y
autosuficiencia de la concepción anterior hacia otra más social. Esta
nueva identidad se forma en relación con ‘otros sujetos
significativos’ que le dan al sujeto los valores, significados, símbolos,
es decir, la cultura del mundo donde habita. De esta manera la identidad
se forma en la interacción entre el individuo y la sociedad. Finalmente,
el sujeto postmoderno surge de la fragmentación de la idea de identidad
estable y unificada, que se daba anteriormente; así ya no está compuesto
de una sola identidad sino de múltiples identidades muchas veces
irresueltas y contradictorias entre si. Nos encontramos que la identidad
se convierte en un dispositivo móvil, formado y transformado
continuamente con relación a las maneras en que nosotros nos
representamos o nos adscribimos, dentro de los sistemas culturales que nos
rodean.
Las
transformaciones ocurridas dentro de la organización social, cultural, y
simbólica, de las sociedades occidentales, han desarticulado la
correspondencia entre la realidad objetiva y subjetiva. Así se abre el
camino para la definición autónoma de la identidad, donde
los individuos deben forjar la propia subjetividad. De esta manera la
responsabilidad en cuanto a la elaboración de la identidad se desplaza
del ámbito social al individual, con el inconveniente que dentro de un
nuevo espacio, donde las directrices sociales se difuminan, el individuo debe enfrentarse a multiplicidad de opciones en una sensación
de avalancha, de supermercado identitario, donde es fácil verse
abrumado y confundido. Es por esto que se buscan alternativas que
entreguen orden, dirección, que permitan reducir los niveles de angustia,
y poder así trazar itinerarios[10]
(Gleizer:1997:18).
En
la actualidad existe, por un lado, un resurgimiento y vigorización de las
múltiples identidades regionales y locales anteriores al surgimiento del
Estado-nación. Estas identidades claman por su derecho a la
individualidad, y a la autonomía, que el Estado aplastó y homogeneizó
en pos de una ‘unidad nacional’. Por el otro lado, encontramos que la
mayoría de la vida social se ha mediatizado por el mercadeo de estilos,
lugares, por los viajes internacionales, por las imágenes mediáticas
difundidas globalmente, por los sistemas de comunicaciones. La mayoría de
las identidades se deslindan, se liberan de tiempos, lugares, historias y
tradiciones específicas, de esta manera aparecen como flotando
libremente. Nos encontramos confrontados por un rango de diferentes
identidades cada una recurriendo a nosotros, o más aún, a diferentes
partes de nosotros, de donde parece posible efectuar una elección. Es la
difusión del consumismo, que sea realidad o sueño, ha contribuido a este
efecto de ‘supermercado cultural’. Junto con el discurso del
consumismo global, de las diferencias y las distinciones culturales que
han definido a la identidad, ésta se ha podido reducir a una especie de
lengua franca internacional, u objeto de intercambio global, en las que
todas las tradiciones específicas y las distintas identidades pueden ser
traducidas (Hall Op.cit.:622).
Es por esto que hablar de un concepto de identidad es cada vez más difícil
y un estudio sobre la misma estará determinado por un sin número de
variables cruzadas, provenientes de los más diversos sitios del planeta
además de las locales y regionales, conformando una muy compleja ecuación
que no puede ser resuelta con facilidad[11].
Identidad
musicalizada
La
identidad es uno de los temas más pensados, más escritos, y más
debatidos de las ciencias sociales; la música por su parte como inherente
y esencial al ser humano ha servido, y lo seguirá haciendo, en la
constitución de las identidades. Sin embargo, el papel de la música en
este proceso se ha visto subordinado a otros fenómenos que han sido de
mayor interés, y catalogados como de mayor relevancia, (p.e. la economía,
la política) debido a esto su estudio no ha sido tan ampliamente
abordado. Aquí revisaremos algunos teóricos que han intentado desentrañar
las lógicas de esta relación, mostrándonos cómo la música es un
elemento esencial y muy complejo dentro del proceso de constitución de
las identidades y de las subjetividades. Esta perspectiva nos ilumina
parte del camino a recorrer, con nuestro objeto y sujetos de estudio;
mostrándonos cómo la música resulta fundamental dentro del ejercicio de
constitución de mi subjetividad, cómo al escuchar música estoy creando
marcos interpretativos, estoy conformando mi propia cultura, mi mundo de
vida[12].
La
escuela subculturalista inglesa ha desarrollado material argumental con el
fin de dar respuesta a la pregunta de por qué ciertos actores sociales
establecen sus procesos de identidad con ciertos tipos de música y no con
otros (Vila,2000:334). De acuerdo con ellos existe una especie de relación
circular entre música, capital, y expectativas culturales. De esta
premisa se desprende la noción de que a cada expresión musical le
corresponde una cultura diferente y bien delimitada, y estaría subyacente
la idea de que “la música refleja o representa a actores sociales
particulares” (Ibíd.). Esta idea conlleva una ‘circularidad’, y nos encaminaría
a una percepción cerrada y unívoca de la relación música e identidad.
Las carencias de esta aproximación teórica se evidencian al intentar
explicar desplazamientos, en los gustos musicales, por parte de grupos
humanos que se mantienen en su misma posición estructural en la sociedad,
o de aquellos que usan diferentes estilos musicales -muchas veces
contrapuestos unos con otros- en sus elaboraciones identitarias[13]
(Op.cit.:335). Descubrir estos
vacíos dentro de la teoría hace que aparezcan nuevas propuestas.
Finnegan
sugiere que para los estudiosos de la música existen dos posiciones de
abordaje claras y contrapuestas entre ellas. Por un lado están los análisis
funcionalistas, donde las personas ejecutan la música en un contexto
social dirigido, de esta manera la creación musical se encuentra más
cerca de las funciones sociales como las estabilizadoras o educacionales.
Por el otro lado se encuentra la idea de que la música es una expresión
artística, relacionada con la creatividad individual, es la idea de la
creación musical por parte de un ‘genio’ individual. Con este análisis
nos encontramos susceptibles de caer en reduccionismos, en uno u otro
sentido; ya que la propuesta de Finnegan para solucionar este problema se
encuentra en no poner el énfasis del estudio en las obras musicales, y
sus exponentes individuales como tales, sino en los procesos, en la
producción, la práctica, y la experimentación colectiva de la música
(1998:21). Este enfoque me permitirá deslindarme de los procesos de tipo
‘artístico’ individual, y centrarme en el fenómeno colectivo que
sirve de mejor manera en la reconstrucción de todo el contexto, en el
cual están inscritos, y desde donde se produce la música.
Vila,
por su parte, propone manejar las ideas de interpelación y articulación
de sentidos y se cuestiona “¿Cómo
funcionarían las interpelaciones en el nivel de la música popular y de
qué manera explican la construcción de identidades sociales y
culturales?” (2000:338). Esta postura nos lleva a pensar la música
popular como una herramienta cultural, que otorga diferentes elementos
para ser utilizados por los grupos sociales en la construcción de sus
identidades. Así la música y su
performatividad ofrecen modelos de comportamiento y de identidad, al mismo
tiempo que modelos de “satisfacción psíquica y emocional” (Op.cit.:339).
Frith
en un estudio sobre la música pop
-cuyas premisas pueden hacerse extensivas a la música popular
latinoamericana- plantea que los gustos pop
no derivan sólo de nuestras identidades construidas en la interacción
social, ya que éstos ayudan a conformarlas. La música popular ha jugado un papel preponderante en el proceso de
auto-comprensión como sujetos históricos, étnicos, de clase y de género
(cit. en Vila,2000:340). Una de las características más importantes de
la música es que está compuesta por estratos y códigos múltiples que
le permiten ser utilizada e interpretada por distintos grupos sociales
(Vila,2000:340). Nuevamente Frith nos alerta sobre los acentos que deben
tenerse en cuenta en el estudio de la música popular: “Nuestra recepción
de la música, nuestras expectativas respecto de ella no son inherentes a
la música misma, que es una de las razones por la cual muchos análisis
musicológicos sobre la música popular pierden de vista lo principal: su
objeto de estudio, el texto
discursivo que construyen, no es el texto que la gente escucha[14]”
(Op.cit:341). Esto nos llama la
atención sobre la maleabilidad posible en la interpretación, por parte
de los grupos culturales, de la música y de la importancia para los
estudios sobre la misma de alejarse de una concepción rígida de la
estructuración de este proceso. De esta manera lo que plantea Frith es
que sería un error buscar el sentido de la música en el interior de los
materiales musicales, marcando así, que éste debe ser buscado “en
los discursos contradictorios a través de los cuales la gente le da
sentido a la música[15]”
(Ibid.). Este planteamiento abre
una nueva forma de acercamiento a la música como ‘construcción
social’ al instituir la idea de ‘articulación’, contrapuesta a la
inflexibilidad y univocidad que se derivaría si creemos que al interior
de los materiales musicales encontraremos su sentido (Ibíd.).
Así desaparece la idea de que los valores sociales son un acuerdo previo,
que se plasma en la actividad cultural, sino
que a través de ésta se llega a un acuerdo, a un juicio estético, a
auto-reconocerse: “Hacer música no es una manera de expresar ideas; es
una manera de vivirlas” (Frith,Op.cit.:351).
Esta perspectiva y este ejercicio realizado por Frith, de voltear el
argumento y desplazar el énfasis del producto musical a la manera en que
se construye, nos permite dar cuenta de nuestro objeto de estudio, específicamente
a la manera contradictoria en que se elabora la identidad regio-colombiana,
si lo abordáramos de forma más purista sólo podríamos entender la
primera etapa de este fenómeno, pero el proceso de desplazamiento, de
cambio, de expansión de la elaboración identitaria, quedaría por fuera
de manera conflictiva.
En
otro tipo de análisis de mayor profundidad temporal encontramos que para
McClary, históricamente, a la música le han tratado de eliminar sus
características que remiten al ‘cuerpo sensual’ para poder utilizarla
en fines pragmáticos. Esto es claramente ejemplificado por la canción
folclórica política, donde se ha reproducido con frecuencia el miedo a
todo lo opuesto al lado masculino o estructurante. Es por esta razón que
se ha dado un continuo y marcado rechazo a los géneros musicales afro
americanos, íntimamente relacionados con el cuerpo. Así la
música que se relaciona con el cuerpo posee una característica
desestructurante en el ámbito de la ‘subjetividad, género, y
sexualidad’ y es en esta característica donde encontramos lo político
de la música (1997:15). Así McClary se encuentra en una posición
legitimante de la inclusión de la música, y su imaginario, dentro del
proyecto de los estudios culturales. El
‘poder musical de los grupos subalternos’ se encuentra en su habilidad
para manejar las diferentes maneras de construir el cuerpo. Las claras
reacciones en contra nos hablan de que estas músicas están moviendo o
desestabilizando las fibras de algo ‘profundamente político’; donde
su poder[16]
reside mayoritariamente en la ‘habilidad de articular diferentes maneras
de construir el cuerpo’. Estas distintas formas implican la articulación
de ‘diferentes mundos experienciales’(Op.cit:17)
La
música, con ascendencia afro, de la costa Atlántica colombiana -y en
muchos otros lugares de América- en sus inicios tuvo esta connotación.
Fue restringida, y hasta prohibida en gran medida, por el manejo dado al
cuerpo durante el baile, que desestabilizaba los poderes de la Colonia
española y se convertía en vía de rebeldía, o de escape, a la realidad
brutal de la esclavitud. De igual manera, dentro de los colombianos
de Monterrey, encontramos en su forma de vivir la música, y apropiársela
a través del cuerpo, en su forma de bailarla, en su vestimenta, en toda
su performatividad, un comportamiento que evidencia su marginalidad social
y que hace alarde del estigma como mecanismo de reto y defensa.
La
respuesta a el por qué la música puede resultar tan efectiva en la
construcción identificatoria la encontramos en la relación de cómo ésta
es percibida a través del cuerpo, y la manera como se experimentan e
interpretan múltiples mensajes, por intermedio de elementos como el ritmo
o la melodía. Para Ochoa la búsqueda de la subjetividad a través del
espacio sonoro, se encuentra en el propio cuerpo accediendo a él desde múltiples
instancias como la melodía, el timbre, el ritmo, y la armonía, en “las
maneras en que la música permite vivir simultáneamente experiencias
desde lo racional, lo emotivo, y lo corporal (...) la música se puede
mediar de varias maneras (...) permitiendo vivencias múltiples alrededor
de un mismo objeto sonoro” (1998:180).
De
esta forma encontramos a través de las diferentes perspectivas de análisis
teórico, que la música es un lugar ideal para el establecimiento de
identidades. Esto se debe a que la música en su relación con el cuerpo,
con las múltiples vivencias relacionadas con ella, en su articulación,
elaboración, y performatividad, condensa multiplicidad de mensajes
susceptibles de ser reelaborados y utilizados diferencialmente en la
construcción identitaria, en el establecimiento de la subjetividad.
La
definición que brinda Stanford (2001:XVII) nos resume coherentemente la
relación que se da entre los grupos humanos, su cultura e identidad, y la
música. Para él la música es: “producto de una vivencia humana y
refleja la identidad, la estructura y los valores principales de la vida
del grupo en que se da”. Hace énfasis en la importancia de la parte
social de la música ya que no puede existir ‘la música’
independientemente de un grupo humano que, en su percepción, crea que eso
que escuchan es música. Por esto, no habría un línea claramente
identificable entre ruido y música; la línea la establece
arbitrariamente el auditorio. El autor critica las aproximaciones a la música
como ‘objeto sonoro’ (Op.cit.:13)
ya
que la misma de ninguna manera se puede divorciar del acto de comunicación
que implica que exista un emisor y un oyente, creándose una interrelación
que comparte la experiencia de la comunicación musical. De esta manera,
la música debe verse como “el sonido de la cultura” y así
encontraremos que “la única función universal de la música es la de
la expresión de identidades” y como consecuencia a la anterior afirmación
plantea que “los grupos que puedan definirse en los términos antropológicos
que fueran, tendrán también sus identidades musicales propias” (Op.cit.:14,18).
La
música de acordeón en Colombia.
Son harto conocidas las acciones de violencia que perpetran día con día,
las diferentes facciones enfrentadas en el conflicto armado colombiano.
Este conflicto que desangra al país, en mi opinión, ha llegado hasta
semejante punto debido, entre otros muchos factores, a la incapacidad de
los diferentes habitantes de verse como una unidad y trazar propósitos
comunes. Colombia hasta la fecha, es más una conformación de diversas
regiones que una unidad homogénea; se integra por diversas zonas
socioculturales que no han encontrado un punto de unión; no se ha podido
concebir como país y desde la independencia de España, hasta la fecha,
se libran sangrientas guerras civiles sin poder encontrar una tregua.
Los
dirigentes políticos, líderes y los medios masivos de comunicación que
han entendido esta carencia, han buscado un elemento de cohesión
cultural. Actualmente esta búsqueda de unión se realiza por intermedio
de diversos instrumentos, entre los que destacan el deporte, la música,
las telenovelas y los reinados de belleza. De esta manera a través de los
medios masivos de comunicación, es que se intenta unificar al país
utilizando estos espectáculos como herramientas. En el caso que nos
ocupa, el vallenato se comercializa como la música colombiana, se escucha
a lo largo y ancho del país, e incluso se utiliza diplomáticamente como
el sonido de Colombia para el mundo. Se busca desesperadamente, un
elemento de unión para los conacionales que les permita entenderse como
semejantes y no como antagonistas. La manipulación del poder simbólico
que posee esta música se encuentra encaminada hacia esa dirección.
Este
conflicto en su generalidad no es exclusivo de Colombia; por ejemplo,
encontramos que Araujo (2000:115) trabaja esta misma problemática, pero
en el caso de Brasil, preguntándose cómo se ha utilizado la música en
la representación de identidades sociales. Brasil es una nación con una
gran diversidad y grandes inequidades, que copta diferentes modelos
culturales y jerarquías sociales, por lo cual es necesaria una continua búsqueda
de unidad nacional dentro de la cual la música negra, y el baile, ha
jugado un papel prominente al igual que en Colombia.
Durante
el año 2002 el Ministerio de Cultura colombiano realizó ‘La Gran
Encuesta Nacional de Cultura’, con un universo de 1000 personas de 28
diferentes municipios del país y como ‘sorpresa’ ésta muestra que
existe una hegemonía cultural de la costa Atlántica aun cuando históricamente
la zona central Andina ha ocupado este lugar. Las actividades artísticas
o culturales consideradas más importantes son en este orden: ‘el
Reinado Nacional de la Belleza’, ‘el Carnaval de Barranquilla’ y el
‘Festival de la Leyenda Vallenata’. Los personajes más admirados son:
Gabriel García Márquez, Shakira y Carlos Vives, al mismo tiempo la
manifestación cultural que hace sentir más patriotas a los colombianos,
que sirve de mejor manera como aglutinante nacional, resultó ser el
vallenato con un tercer lugar para el bambuco del interior andino. Otros
datos relevantes: 13 de los 29 personajes más admirados son músicos,
escuchar música es la principal actividad cultural pasiva del país, la
‘danza’ es la primera actividad que se les viene a la cabeza cuando
piensan en la palabra ‘cultura’ y la música es la principal herencia
cultural que se desea dejar a los hijos. También se considera a la radio
como el principal motor de la cultura por encima de la prensa o la
televisión (Bejarano,2002). A partir de esta muestra infieren que los
colombianos se aferran a la cultura como prueba de vida, como mecanismo de
salvación, de convivencia, de entendimiento y se piensa en ella como una
garantía de un futuro (El Tiempo,2002). Esta encuesta confirma plenamente
la idea expuesta anteriormente de que a través de la música se busca, se
intenta, unificar el país y lograr que la población se sienta parte del
‘artefacto cultural de la comunidad política colombiana imaginada’
(parafraseando a Anderson,1983 [1991] :21); ya que precisamente es esta
idea de comunidad imaginada, la que se encuentra inoperante dentro del
concepto de colombianidad. Los estudios sobre este fenómeno deben señalar
la importancia del papel jugado por la música, dentro del imaginario de
cohesión nacional y la preeminencia que debe tener ésta al pensarse en
políticas que busquen detener la fragmentación social y encontrar la
solución pacífica de las diferencias.
El
vallenato en su expansión nacionalizadora, ha sido sometido a un proceso
de ‘blanqueamiento’ ya que esta música con claras influencias
‘afros’ debe mimetizar las mismas con el fin de poder adquirir mayor
aceptación. Esta es una música que ha sido utilizada como herramienta
identitaria, en diversas geografías y temporalidades en su corta historia
por diversos grupos sociales. Ha tenido que transformarse, cambiar parte
de sus elementos constitutivos en un proceso de eugenesia cultural al que
se ve sometida, con el fin de poder ser aceptada en nuevos nichos sociales
y desarrollarse en los mismos; después de que es resignificada de acuerdo
a los propios parámetros de la cultura receptora.
La
música vallenata es un producto masificado por las disqueras del país y
tiene actualmente una fuerte presencia en los medios de comunicación
masiva. En ella se conjuga la música con la poesía popular, con una
fuerte influencia de la oralidad de donde recibe su fuerza; posee una
amplia aceptación popular en toda la costa Atlántica rural y pueblerina.
En los últimos años la aceptación de esta música se ha ampliado
superando las fronteras de la costa Atlántica e inclusive las fronteras
nacionales.
El
vallenato actual es un producto comercial, que se ve regulado por las
leyes del mercado y queda expuesto al juicio valorativo de los
consumidores del mismo. Debido a esto cambia sus parámetros
constantemente de acuerdo, en primera instancia a las exigencias
comerciales impuestas por las disqueras y estaciones de radio.
En
el interior del país se rechazó por mucho tiempo la música de acordeón
por considerarla procedente de ‘negros’, inscritos en una clase social
baja. Hoy en día esta misma música, que no tenía la posibilidad de
emerger de su grupo productor incluso en la costa Atlántica, es la música
que el mercado discográfico, que el imperio comercial ha instituido como
la ‘música colombiana[17]’.
Se encuentran en este proceso, claros intereses políticos tanto
regionales como nacionales. Esto nos lleva a que en los últimos años, el
vallenato se haya extendido por todo el país y haya cruzado las fronteras
erigiéndose como la música colombiana más representativa.
La
música de acordeón desde sus inicios posee múltiples variantes
regionales y diversas historias en torno a la misma.
Esto es claro en los ‘aires’ ya que algunos varían según la
zona de producción. En este artículo (por razones de delimitación y de
espacio) nos concentraremos en el proceso de regionalización y de
nacionalización, ejemplificado en dos músicos que son pertenecientes a
las élites y que no reflejan toda la historia popular del género. Sin
embargo debemos aclarar que aunque estos dos artistas nos muestran puntos
clave de expansión dentro de la masa receptora, especialmente de aceptación
y consumo por parte de las clases sociales medias y altas, paralelamente
otros músicos, de raigambre y estilo marcadamente popular, fueron los
encargados de expandir esta música por toda la geografía y llegando
incluso a países fronterizos como Venezuela y Ecuador; siendo consumidos
masivamente pero únicamente por las clases populares. Este proceso puede
seguirse a través de figuras como: Alejo Durán, Alfredo Gutiérrez, El
Binomio de Oro, Diomedes Díaz, entre otros.
El
vallenato de Rafael Escalona
Escalona
es un personaje de gran tamaño dentro de la historia de Colombia y esto
lo hace evidente Gabriel García Márquez cuando en honor a él dijo que: "Cien Años de Soledad no era más que
un vallenato de 350 páginas". Es uno de los compositores más prolíficos
y el primero en cambiar los patrones estéticos de la música de acordeón
para convertirla en vallenato; fue pieza fundamental en el proceso de
aceptación de esta música dentro de las clases altas de la costa y en
sus primeras incursiones hacia el altiplano. Toma una música que era de
‘negros’ y de clases bajas y logra introducirla en los salones de
baile de toda la costa Atlántica. Sólo a alguien como él, que provenía
de una familia acomodada de Valledupar y que hacía parte de la élite, le
fue posible la primera gran transformación de la música de acordeón al
introduciéndole nuevas temáticas a las canciones pero a grado tal que,
los cultores y receptores de ésta, no sintieran que se había pervertido
su ‘esencia misma’[18].
Escalona sin alejarse demasiado de la esencia de este género musical logró
componer canciones que no hablaban de la ardua labor campesina, como hasta
entonces; si no que hábilmente en sus canciones introdujo a las grandes
personalidades de la región. Estas historias interesaban mayormente a las
élites porque ellos eran sus protagonistas. También mantiene la
costumbre de sus predecesores los ‘juglares’, de no inventar nada en
sus canciones. Él va contando lo que va observando y lo hace con gracia,
con espontaneidad.
Escalona
además de no tocar el acordeón y de provenir de una familia acomodada,
posee una tercera característica que lo diferencia de los músicos de su
generación: él no canta, solamente compone para que otros canten. Como
podemos ver es una figura realmente diferente dentro de los parámetros de
la música de acordeón ‘tradicional’. Él transformó los cánones
(abriendo el camino para los radicales cambios, y la transformación de
esta música en el vallenato, que surgiría años después) hasta llegar
al vallenato que escuchamos actualmente. También Escalona se hace famoso
nacionalmente, de forma diferente que los demás músicos de acodeón de
una manera que no va de la mano de lo ‘tradicional’, ya que sus cantos
se dieron a conocer primero en la voz de Guillermo Buitrago y luego con
‘Bovea y sus Vallenatos’, pero no acompañados de acordeón, caja y
guacharaca la instrumentación tradicional, como era de esperarse, si no
de guitarra y maracas instrumentos menos estigmatizados
(Restrepo,1991:75).
Logra
lo que era imposible hasta su aparición la regionalización a todo nivel
social de un fenómeno local de minorías relegadas y desdeñadas.
Escalona crea una nueva estética dentro de la música de acordeón siendo
parte primordial dentro de la creación del ‘vallenato’[19],
entendido como la apropiación
musical de Valledupar de un folclor perteneciente a toda la costa Atlántica,
que es el que actualmente la sociedad colombiana consume. Influye en un
personaje de tan radical importancia para la cultura colombiana como García
Márquez, a la vez que su música es pieza fundamental dentro del segundo
gran paso expansivo de este género.
Escalona
representa el primer gran paso en la evolución de la música de acordeón;
él le brinda una nueva estética, ya no de negros campesinos iletrados,
sino de un bachiller ‘blanco’ perteneciente a una de las más
prestantes familias de la región. Sin la aparición de una figura de las
condiciones de Escalona el vallenato como lo conocemos actualmente sería
impensable.
El
vallenato de Carlos Vives
Carlos
Vives es el segundo gran innovador y trasgresor de los parámetros
vallenatos establecidos. El es un artista que se tropieza con el éxito
dentro de esta música, sin buscarlo y sin quererlo. Es un actor y
cantante que se encontraba muy lejano a la música popular colombiana y
trabajaba con el pop y el rock hasta cuando es llamado al papel protagónico
de la serie televisiva sobre Escalona, donde debe cantar las composiciones
del maestro y es ahí donde su carrera se une definitivamente a este género
musical.
Esto
le da un giro radical a su vida, al mismo tiempo que cambia el mercado
receptivo a la música vallenata en el país. Vives se convierte en un
millonario vendedor de discos y por primera vez en la historia gente de
toda la geografía colombiana y de todas las clases sociales se encontró
escuchando y bailando vallenatos. Desde ese entonces se dedicó a cantar
la música de acodeón tradicional, la de los grandes juglares, en nuevas
versiones y a hacer canciones propias con grandes innovaciones pero
siempre buscando que se encontraran ligadas a las raíces musicales
colombianas.
Dentro
del discurso de Vives, y de la comercialización que se le ha dado
a sus más recientes producciones, podemos observar como él va entrando a
los parámetros del recientemente creado género de las músicas del
mundo: world music. Donde en un
doble desplazamiento se privilegia un regreso a lo primitivo, en una
especie de labor de ‘etnología de rescate’, que busca preservar los
últimos resquicios de lo exótico, creando una idealización por
intermedio de su música del ‘mundo periférico’ para luego difundirlo
de manera global. Es un rescate de lo regional, de minorías étnicas,
para ser comercializado globalmente pero principalmente en el ‘mundo
hegemónico’: Europa, Japón, y E.U.A. En este caso lo exótico es
representado por la ‘provincia’ (término que se contrapone al de
ciudad) que se refiere a las zonas rurales, con mayor ‘atraso’ y donde
los procesos modernizadores han sido implementados con mayor
inconsistencia. El discurso de Vives y sus composiciones se remiten
consistentemente a esta provincia ( en la costa Atlántica colombiana), término
que también denota a su grupo de músicos.
Más adelante él comienza a referirse a esta provincia como ‘la
tierra del olvido’[20],
frase que resume parte del proceso simbólico de las músicas del mundo[21].
Trajo
consigo un fenómeno sólo comparable con el de Escalona dadas las
proporciones. Con Vives se da el segundo gran paso en el proceso expansivo
del vallenato. Hace con toda la nación lo que Escalona hizo con toda la
costa Atlántica. Se da definitivamente, el salto de la aceptación
regional a su nacionalización. Antes otros cantantes y grupos (de
performatividad claramente popular) logran que el vallenato se escuche en
gran parte del territorio nacional, e incluso en otros países de la región,
pero al igual que le ocurría a la música de acordeón antes de Escalona,
que era música de clases bajas de la Costa, el vallenato era la música
de las clases bajas del país -vigilantes, taxistas, empleadas del
servicio doméstico eran el estereotipo de sus fanáticos-. Vives toma el
vallenato y lo transforma nuevamente con gran acierto en dos vías
contrapuestas. Por un lado lo ‘moderniza’ introduciéndole
instrumentos y ritmos ligados al rock y al pop; por el otro lo
‘tradicionaliza’ incorporando nuevamente la gaita indígena que había
sido reemplazada a principios del siglo XX por el acordeón. Le da una
nueva imagen al vallenato y logra que se acepte en todos los estratos
sociales del país. Por esto, el paralelismo del fenómeno de Vives en lo
nacional con el de Escalona en lo regional debe resaltarse. No es ninguna
coincidencia que Vives iniciara su vertiginoso ascenso con la música
precisamente del maestro Escalona, ya que al igual que él es un hombre
que no pertenece al grupo de los músicos de acordeón tradicionales.
Él
es ‘blanco’, una estrella de la televisión, elegido varias veces el
hombre más atractivo de Colombia, el ex-esposo de una muy importante
actriz, un ex-rockero que mantiene su imagen de pelo largo, camiseta y jeans. Utiliza esta imagen para lograr la aceptación de un grupo
que jamás había sido atraído por el vallenato: los jóvenes de clase
media y alta. Con la música del maestro Escalona, y catapultado por una
serie televisiva, logra la aceptación dentro de las clases privilegiadas
de todo el país en las diferentes generaciones.
Ochoa
(1998:111,112) plantea que el caso de Carlos Vives, es un clásico fenómeno
de cross-over que podemos
encontrar dentro de los géneros musicales que poseen elementos afro
americanos. Una de las características de este fenómeno es el tránsito
de un género musical afro americano, hacia la aceptación masiva y el
auge nacional, cuando es liderado por un músico blanco. Ejemplos del cross-over
los podemos encontrar en la historia del blues
y del rock. Vives logra según esta teoría, una des-africanización del género
musical mediante su imagen que es aceptable dentro de las clases medias y
altas de la sociedad. El éxito no depende únicamente de sus fusiones
musicales, sino también de minimizar las raíces populares y africanas
del género al mismo tiempo que resalta otras como las indígenas, que
poseen mayor aceptación y por ende un perfil más comercializable. De
esta manera ‘blanquea’ el vallenato y lo hace aceptable a un país que
le cuesta aún aceptarse desde su pluralidad y sus tradiciones populares.
Representa el segundo gran paso en la expansión de la música vallenata y
gracias a él se establece una aceptación ‘total’ tanto en lo
vertical, atravesando de lado a lado las clases sociales, como en lo
horizontal, ampliando increíblemente la masa receptora. De igual manera
internacionaliza a gran escala el vallenato y pasa a ser reconocido como
la música colombiana en las más diversas regiones del planeta.
El
Festival de la Leyenda Vallenata
El
festival vallenato ha evolucionado como evento. Sus primeras versiones
eran libres y se trataba de ver simplemente a los participantes en acción,
poco a poco se fue organizando adquiriendo reglamentos y especificaciones
técnicas. Hoy en día ya dista mucho de ser un evento puramente ‘folclórico’,
está cada vez más influido y dictaminado por las leyes de la industria
discográfica y por el comercio.
Los
realizadores del Festival de la Leyenda Vallenata manejan una idea que ha
estado asociada al folclor históricamente, de que éste debe ser
conservado y guardado sin permitir cambios de ninguna naturaleza; ya que
el folclor debe deber ser protegido, como patrimonio regional-nacional, y
resguardado de la ‘maligna’ influencia del exterior al igual que de la
comercialización. Es por esto que en su reglamento obligan a utilizar los
instrumentos ‘tradicionales’ (no permiten el uso de guacharacas metálicas
y cajas con parche sintético utilizadas mayoritariamente hoy en día por
fines prácticos, sonoros y económicos). Por otra parte obligan a los
participantes a tocar los cuatro aires vallenatos, impuestos por ellos
como los ‘tradicionales’, usando este sitial de poder para reforzar su
dominio sobre las demás expresiones del género que se dan fuera de
Valledupar. Finalmente lo que logran es establecer un evento de música de
acordeón que busca emular la tocada en su región hacia la mitad del
siglo XX; y aun cuando presumen de ser la catapulta para el mantenimiento
y el desarrollo del género, este vallenato que ellos promueven desde el
festival, sólo existe en esta coyuntura ya que la influencia de las
nuevas generaciones, de la industria musical y la ampliación del género,
lo han transformado radicalmente como era de esperarse.
Los
defensores del ‘purismo vallenato’ atrincherados en el Festival de la
Leyenda Vallenata (es de resaltar que este mismo debate es especialmente
agudo en Monterrey N.L.) deben entender que el ‘folclor’, como lo
plantea Ben-Amos, está constituido por una serie de reglas, un sistema de
comunicación o una gramática, en la cual las relaciones entre los
atributos de los mensajes verbales y la realidad sociocultural se
encuentran en constante interacción transformando símbolos y metáforas,
estilos y estructuras, temas y formas, en respuesta a las variables
sociales de una situación (1975:4). Lo que nos lleva a entender que es
imposible mantener un producto cultural intacto y sin transformaciones ya
que éste es algo vivo, en constante cambio, al igual que sus productores
y consumidores. La única manera para que una música, como la vallenata,
se mantuviera igual es que muriera con sus interpretes y no se volviera a
producir jamás.
El
Festival de la Leyenda Vallenata es creado (en 1968), por un grupo
reducido de personalidades que se apropian de un folclor de dimensiones
regionales, instaurándolo y confiriéndole un concepto de identidad a una
región nueva necesitada de esta construcción identitaria. El separarse
del antiguo ‘Magdalena Grande’ obliga, al nuevo departamento del Cesar
y a su primer gobernador Alfonso López Michelsen, a una
búsqueda desesperada de un elemento que los uniera como
departamento y los diferenciara de la antigua división política a la cual estaban adscritos.
Gilard
(1993:34) plantea que con el vallenato, se buscó ocultar los orígenes
del género claramente enraizados en la música negra. Es así que el
discurso parece haber nacido de sí mismo, en una región bendecida por el
destino, aun cuando es claro que existe un elemento común a este tipo de
música (la poesía oral hispánica) que se da en toda América Latina.
Esta unidad histórica ha sido ignorada por diversas modalidades de
nacionalismo y de regionalismo, que simplemente hacen juego de los
antiguos particularismos. En este caso la música ‘costeña’ de acordeón
se convirtió en el juego de la élite de Valledupar.
La
música de acordeón como folclor hacía parte de toda la región de la
Costa Atlántica pero con la necesidad de Valledupar, de crear un elemento
cultural propio que los diferenciara de las demás regiones, se fue
dibujando una nueva historia para apropiársela y desplazarla. Estos
elementos distorsionan el origen de la música, para ser montada en un
nuevo y definitivo epicentro. Es así que Valledupar con su festival
comienza a ser el nuevo dueño del género musical. Como plantea Martín
Barbero, (1998:279): “...la apropiación y reelaboración musical se
liga o responde a movimientos de constitución de nuevas identidades
sociales”. En torno al vallenato se da identidad cultural y un elemento
cohesionador a toda la cultura del Valle de Upar, constriñendo y
parcializando sus orígenes, haciéndole
creer al país y a sus propios habitantes que son los dueños y creadores
del vallenato.
Una
prueba clara de este movimiento estratégico de apropiación, es el hecho
que Valledupar le haya dado su propio gentilicio como nombre a esta música.
La llamaron vallenato es decir nato
del valle -de Upar-, cuando es evidente que ésta es nata de toda la
costa Atlántica. Otras regiones de la Costa se rehusan a usar este nombre
y la llaman ‘música de acordeón’, en una clara protesta en contra de
la apropiación y hegemonización del folclor por parte de Valledupar.
Una
de las personas más importantes dentro del proceso de desarraigo zonal de
este folclor, para su posterior restablecimiento en Valledupar y reinvención
de la historia del mismo, que le da un carácter mítico fue Gabriel García
Márquez y su novela Cien Años de Soledad. Esta novela se ha
convertido en el paradigma de la cultura colombiana y gracias a ella se le
da una nueva historia a la música de acordeón. Es importante resaltar cómo
el primer gobernador del Cesar hace énfasis en la pertenencia de Márquez
a Valledupar, donde el Nóbel logra su inspiración, de donde toma las
historias y las recrea en su particular estilo literario. López (1999:2)
plantea que es en Escalona y no en ningún otro lugar donde se debe buscar
la fuente de donde bebe Márquez para crear su más importante obra,
precisamente en Escalona quien es pieza fundamental en la creación del
Festival de la Leyenda Vallenata.
Conjugados
estos tres grandes personajes se consolida políticamente el Cesar como
departamento, se adopta un cohesionador cultural como lo es la música y a
este montaje político-musical se le da fundamento donde asentarse y echar
raíces por medio de la literatura garcía-marquiana, donde alcanza un hálito
mítico ancestral inexistente. Sólo tres décadas después de la época
de éxito musical de Rafael Escalona, de la aparición del festival de López
y de Cien Años de Soledad (nótese la coincidencia de las fechas),
el país entero cree que la música de acordeón es de Valledupar, que el
Cesar es una región culturalmente distinta al resto del país y que todo
esto viene de una historia remota. Pero el éxito rotundo de la creación
de estos tres hombres en particular, y de la élite valduparense en
general, no paró en darle fuerza y cohesión cultural a una región como
el Cesar. Actualmente todo el país se siente parte y componente del
estilo macondiano de García Márquez; ninguna persona ha sido izada como
el estandarte de Colombia como se ha hecho con él, ‘nuestro Nóbel’,
‘nuestro embajador ante el mundo’, ‘El Colombiano del Siglo’.
La
música de Colombia, actualmente, es el vallenato. Es la más oída, la más
vendida, la que mayor difusión comercial y de medios audiovisuales posee,
“...pero el punto es que la música vallenata- de origen regional
particular- es aceptada un representante legítimo del sentimiento
nacional” (Wade, 1997: 24,25). Finalmente lo que ellos logran es
“estabilizar una expresión musical de base popular como forma de
conquistar un lenguaje que concilie el país en la horizontalidad del
territorio y en la verticalidad de las clases sociales, (Barbero, 1998:
234)”. Esta labor es realmente admirable y de esfuerzos colosales si se
tiene en cuenta la división cultural y política que mostraba Colombia
antes de estos hechos: “Colombia podía llamarse antes de 1940 más un
país de países que una nación”, (Op.cit.:225).
Es
innegable la audacia y la inteligencia demostrada por los artífices que
se encuentran detrás de esta novela-
política- cantada, que en sólo 35 años se ha convertido en una
verdad irrefutable para toda Colombia. El Festival de la Leyenda
Vallenata, en sí mismo, funge como un gran evento ritual donde se valida
y renueva periódicamente esta construcción y hegemonía cultural y simbólica.
Música
y política
Es
igualmente importante resaltar que dentro del proceso de nacionalización
-principalmente de aceptación del vallenato al interior del país y el
posterior desplazamiento del bambuco como la música colombiana- tiene
gran influencia y relación la pugna por el poder político de los dos
partidos más importantes del país y los únicos que han regido la nación
desde la independencia de España. Por una parte encontramos al vallenato
asociado al partido Liberal colombiano, con el cual llegó al poder López
Michelsen, (su fortín electoral se encuentra en las zonas de provincia
principalmente en la costa Atlántica) que por la época de expansión
vallenata al interior adquiría mayor poder y representatividad. Por otra
parte vemos que, al mismo tiempo, el partido Conservador se veía
desplazado de esta posición privilegiada donde llevaba hasta ese momento
una histórica hegemonía. No es una coincidencia que el grueso de los
electores y la zona de mayor influencia de este partido es el
‘interior’ del país, la llamada zona Andina, que tradicionalmente ha
sido representada musicalmente por el bambuco que era llamado simplemente
‘música colombiana’. Como podemos observar el desplazamiento de un
tipo de música por otro en el rubro de ‘música de Colombia’, se
encuentra completamente relacionado con la pugna de los partidos políticos
por la hegemonía del país. Cuando estos dos géneros musicales se
enfrentan por la total representatividad de la geografía nacional, no lo
están haciendo simplemente dos tipos de música, el acento del
desencuentro se encuentra en otro lugar muy lejano a los instrumentos,
ritmos y melodías. El enfrentamiento real se da entre dos ideologías,
entre diferentes maneras de concebir la vida, la religión, la sexualidad,
el espacio público y privado, las estéticas. El conflicto es finalmente
entre diferentes concepciones y apropiaciones de lo social y cultural, que
en este caso se ven representados de manera simplificada por los partidos
políticos. Al revisar, de manera muy general, la cultura representada por
el vallenato estaba conformada por los grupos sociales que en lo político
se veían aglutinados por el liberalismo. De similar forma el bambuco
representó, durante casi dos siglos, (Miñana,1997:8) a los grupos
sociales del interior que eran el caudal electoral del partido
Conservador. Mientras la élite del interior (líderes del partido
Conservador) mantuvo una clara hegemonía sobre el resto del país ésta
mantuvo su propia estética musical idealizada, el bambuco, como
representativa de la nación. Hacia la segunda mitad del siglo XX el
liberalismo toma fuerza y logra romper la hegemonía conservadora; es en
este momento donde el vallenato logra entrar a la región Andina y poco a
poco desplazar al bambuco de la posición de ‘legítimo representante
del sentir nacional’.
La
música colombiana en Monterrey, N. L.
En
mi opinión, este, yo creo que es una música que llegó para quedarse
totalmente, es un ritmo de vida que cada quién, por ejemplo mi forma de
vivir yo siento que aparte de la Biblia y la educación de mis padres a mí
me hizo el vallenato (Rodríguez:2002).
Porque
no sé si has escuchado los programas de radio, ahorita ya con tres
programas de radio que pasan 24 horas música colombiana, un programa de
televisión que pasa videos, cada 15 días vienen grupos colombianos. La
última generación que son los niños que tienen ahorita, que acaban de
nacer o que tienen 4-5 años, que ya saben que pa’ tocar vallenato
tienen que comprarse un Corona III, que ya saben que el vallenato se toca
con los dos teclados al mismo tiempo, que ya saben que se toca con caja,
guacharaca y acordeón. O sea, que tienen información que yo no tuve
cuando empecé a escuchar música colombiana, esos chavitos dentro de 10 años
van a ser lo que dijo Consuelo (Araujo Noguera), que en paz descanse,
cuando vino aquí, en ninguna parte del mundo está pasando lo que pasa
aquí en Monterrey ni siquiera en Colombia (López:2002).
Porque
ellos tocan el vallenato y si lo tocan es porque les gusta, desde ahí que
es la diferencia con el ska y el rock, porque la mayor parte aquí, la
mayor parte de las colonias hay grupos musicales y curioso es que cuando
nacen hijos les ponen Israel, Rafael, Diomedes.
Mi hijo menor se llama Calixto Diomedes, ¿cómo ves?, di sino
llevamos esa música adentro¡..... Aquí ser colombiano
no significa haber nacido en Colombia sino una manera de vivir, una manera
de apreciar una música, más que diferencias hay que hablar de
coincidencias y si tú visitaras a las bandas en sus barrios es como si de
repente entraras no sé como una especie de parque temático, a un museo
al aire libre donde estás viendo cantidad de cosas y sobre todo estás
conociendo un mundo donde los jóvenes tienen corazones con forma de
acordeón (Encinas:2002).
La
música de la costa Atlántica colombiana, primero el porro pero
principalmente la cumbia, llegó a México hace aproximadamente 50 años
(Pérez,1995:3) adaptándose y siendo acogida rápidamente en este nuevo
territorio. Mediante procesos como el de reificación, adaptación, y
creación fue transformada en primera instancia
en las ‘cumbias tropicales’, en el centro y costas del país, y
posteriormente en la llamada ‘cumbia norteña’ en la región homónima.
De igual manera, actualmente, la música tejana, o tex-mex,
y parte de la llamada onda grupera poseen bases en la cumbia.
La
cumbia , el porro, la música de acordeón y otros ritmos de la costa Atlántica
llegan a través de discos y de músicos que realizan giras en México
hacia la mitad del siglo pasado. Son consumidos con relativo éxito
durante un tiempo y posteriormente desaparecen, a excepción de la cumbia
que se arraiga en la mayoría del país encontrando únicamente
refractaria a la misma a la región sur. La cumbia se estableció
definitivamente en México hacia finales de los años 60’, interpretada
por orquestas como la de Mike Laure. Él, en su muy exitoso y consumido
repertorio, utilizaba la música de origen colombiano pero transformándola,
des-africanizando las melodías, depurando la performatividad más
‘campesina’ en la instrumentación e interpretación, y cambiándola
por un estilo de instrumentos de viento y de gran orquesta (grand band). Este nuevo estilo era proveniente de Estados Unidos y
tuvo gran influencia, en aquella época, en las orquestas ‘tropicales’
de México y Latinoamérica. Mike Laure mimetizaba este ritmo caribeño
colombiano y lo transformaba hacia lo que él, o la industria discográfica
mexicana, creía que era un sonido más ‘adecuado’ para el público de
estas latitudes; pero sin dar crédito a los compositores de esta música
de manera tal que su público creía que eran composiciones originales
suyas.
El
vallenato, contrariamente a la cumbia, únicamente logra establecerse en
el norte del país específicamente en Monterrey y algunas zonas cercanas.
Esta zona es la ‘tierra del acordeón’ en México, esto sumado a la
empatía que generan las letras de las canciones vallenatas, explica
parcialmente el por qué de su adopción en estas latitudes. El fenómeno
de la música colombiana de Monterrey se desarrolla prácticamente en contra de
los medios de comunicación masivos (quienes lo ignoraron sistemáticamente)
y de comercialización de las disqueras, ya que sólo hasta recientes
fechas ésta se encuentra difundida y comercializada. Parte de la
explicación del arraigo de la música la encontramos en una gira de
‘Los Corraleros del Majagual’, agrupación costeña, que se queda
estancada por bastante tiempo en esta zona, de frontera con Estados
Unidos, por problemas de documentación. Esta prolongada estancia del
grupo influyó en la percepción y el gusto musical en la zona.
Posteriormente los personajes centrales en la adopción y permanencia de
este fenómeno fueron los ‘sonideros[22]’
quienes durante décadas se encargaron de viajar a la Ciudad de México, a
Estados Unidos y Colombia tras grabaciones de grupos colombianos de la
costa Atlántica. Los sonideros tenían un gran mercado debido a la
escasez y altos costos de los grupos tropicales, en aquellos años.
Paulatinamente
los archivos musicales de estos singulares personajes, se fueron
especializando en las versiones tropicales colombianas, provenientes todas
de la costa Atlántica[23].
Esta colección ha crecido con los años y paralelamente se ha
desarrollado una cultura musical colombiana
dentro de Monterrey de firmes y relativamente profundas bases. Debido a ésto
el mercado musical regio-colombiano se
mantuvo en la informalidad, ya que para acceder a la música únicamente
se podía a través de la renta de un ‘sonido’. Los ‘sonideros’
eran los únicos en capacidad de conseguir y poder pagar los discos
colombianos que eran simbólicamente muy apreciados (por lo tanto escasos
y costosos). Así se mantuvo el consumo restringido hasta la aparición
del casete en los 80’ (tecnología que permitió la duplicación de la música).
Los sonideros al ver disminuido su trabajo se abocaron a grabar su colección,
en este medio, y venderlo al público en general ávido de esta música
que no se conseguía en el mercado formal. Actualmente aun cuando ya se
establecieron importadores legales, y las propias disqueras colombianas,
el consumo se mantiene predominantemente ‘pirata’ debido a los altos
costos de los discos originales y al firme arraigo de una cultura de
consumo informal, dirigida por los sonideros, con mezclas especiales,
compilaciones e hibridaciones, como los discos ‘rebajados’[24] de amplio consumo entre los regio-colombianos.
Recientemente
el fenómeno vallenato ha hecho su aparición en múltiples grupos de
adolescentes de sectores populares, que se organizan en bandas o
pandillas, autodenominadas de
colombianos que, de igual manera, llaman colombia a su elección musical transformando así el gentilicio en
su sustantivo. Estos grupos de colombianos
han formado y son seguidores de agrupaciones locales mexicanas que
producen un renovado vallenato mexicano, como La Tropa Vallenata, la Ronda
Bogotá, Los Vallenatos de la Cumbia, Grupo M-19 Colombiano entre muchas
otras.
Para
Olvera (2002:4) dentro de la música tropical de Monterrey existe una
categoría denominada colombiana
que busca emular lo más posible, tanto en la interpretación como en la
instrumentación, a los diversos géneros de los que se compone como son
el porro, la cumbia, y el vallenato cuya producción y consumo se
encuentra firmemente establecido en un vasto sector de esta ciudad. Sus
consumidores y productores pertenecían principalmente a los grupos
populares y marginales de la ciudad (personas desempleadas y en el mejor
de los casos en la más baja escala de la actividad productiva) por lo que
son identificados junto con su música por otros grupos sociales como
pandilleros, drogadictos, violentos, y en general como delincuentes.
Actualmente el gusto por la música colombiana ha alcanzado a todos los grupos sociales, aun cuando
mantiene parte de su estigma. El epicentro del gusto por esta música
se encuentra en la Loma Larga, un cerro cercano al centro de
Monterrey, que abarca alrededor de 20 barrios y principalmente a la
colonia Independencia. De esta colonia surgen los llamados sonideros,
actores centrales dentro del establecimiento del regio-colombiano.
La
producción de música colombiana en Monterrey se encuentra liderada
principalmente por Celso Piña y los Vallenatos de la Cumbia. Celso Piña
es el pionero en estas lides y se ha caracterizado por ‘emular lo más
posible el estilo colombiano’. Precisamente esta característica lo había
confinado a mantenerse en un bajo perfil, de restringida circulación,
viendo como grupos posteriores a él, como los Vallenatos de la Cumbia,
lograban entrar en los circuitos internacionales de producción y
distribución de la música llegando principalmente al Cono Sur y los
Estados Unidos (Olvera,2002:8). Su penúltimo disco ‘Barrio Bravo’,
catapulta a Piña al mercado internacional y le da su merecido lugar
dentro de la escena musical. Esta producción que conmemora su veinteavo
aniversario de carrera artística intenta introducir a Piña al mercado de
las músicas globales de la misma manera en que Carlos Vives realizó este
desplazamiento anteriormente. Se busca un sonido más ‘mundial’ que
pueda ser consumido en múltiples latitudes, por diferentes grupos
sociales y generacionales. Debido a esto, se esconden las raíces étnicas
y populares de la música mezclándola con diferentes ritmos de mayor
aceptación y de más fácil comercialización. Es claro que su gran éxito
se debió a que dejó, por primera vez, de lado su ‘tradicionalismo
colombiano’ realizando
mezclas con otros géneros y con artistas de gran aceptación entre los jóvenes
de clase media y alta de todo México logrando, una vez más, mimetizar el
sonido al darle una nueva imagen.
En
Monterrey, actualmente, está en su apogeo un debate donde encontramos dos
bandos: por un lado los defensores del producto musical transformado,
amalgamado, adaptado a la realidad sociocultural de la región, y que es
consumido principalmente por los grupos de chavos banda. Por el otro
encontramos a una élite que, debido a su posición privilegiada, ha
adquirido un amplio conocimiento sobre este género musical y desea que
este movimiento se apegue completamente al estilo de vallenato promulgado
por Valledupar -con sus cuatro aires y todas las reivindicaciones e
ideologías que posee como trasfondo el concepto de música folclórica-.
Ellos exhortan, de alguna manera, a que Monterrey se convierta en ‘La
segunda Valledupar’ del mundo.
El surgimiento de estos primeros músicos colombianos
coincide con la aparición de una nueva propuesta identitaria, ‘el
ser colombia’. Se puede ver cómo
la primera generación de grupos juveniles deja de lado al ‘rock’ (la
propuesta identitaria juvenil por antonomasia) y adopta a estos grupos
como sus ídolos (Cruz,1996). Junto a los grupos ‘profesionales’ han
aparecido otros más cercanos a ‘la
pandilla esquinera’ que amenizan cantinas, bailes, y celebraciones
menores, al igual que otros que tocan en los camiones de transporte público
de la ciudad recogiendo algo de dinero o simplemente haciendo música en
la esquina.
Las
razones aducidas para la validación del consumo de este género en
Monterrey van desde la gran variedad musical y de temáticas que ofrece,
la invitación al baile de sus ritmos, la facilidad de ejecución y en la
consecución de sus instrumentos (algunos como el acordeón se encuentran
fuertemente arraigados y los otros pueden ser fabricados artesanalmente a
un bajo costo); hasta la fuerza simbólica de sus letras ya que cuentan
historias principalmente campiranas que remiten al pasado rural de los
migrantes de Monterrey. El vallenato tiene una fuerte similitud
estructural con el corrido mexicano, dada la preeminencia de la oralidad
y de la función de contar historias, razón que no debe perderse
de vista al intentar entender el por qué de la elección de la música
colombiana en estas latitudes.
Este
hilo de unión simbólica entre el campo y la ciudad, entre los
consumidores urbanos y la música colombiana ambos de ascendente rural, es
una pista importante para encontrar el por qué del consumo. Guerrero
(1999:85) nos muestra cómo la música ‘grupera’[25]
es un buen ejemplo de la fuerza de esta relación campo-ciudad. Grupos
como ‘Los Tigres del Norte’, o ‘Los Tucanes de Tijuana’, que
provienen de municipios rurales tienen un éxito abrumador dentro de las
ciudades, pero es claro que sin la industria musical citadina su difusión
no rebasaría el ámbito regional y se mantendrían relegados a lo local.
“Es una comunidad simbólica desterritorializada, aunque al combinarse
la música norteña, tropical, de banda y balada romántica, los rurales
prefieren las norteñas, y los habitantes de las colonias populares
urbanas hacen suyo el escenario para bailar cumbia o vallenato”(Op.cit.:86).
Hoy
en día los circuitos comerciales de la música en Monterrey han tenido
que reconocer el gran mercado que venían desaprovechando con este género,
de esta manera, en la actualidad se pueden encontrar discos nacionales e
importados de cumbia y vallenato en cualquier tienda de música aun cuando
estos discos son más costosos que los de cualquier otro género.
Los
medios de comunicación masivos de Monterrey han visto despectivamente el
fenómeno regio-colombiano,
ignorándolo sistemáticamente, y aun cuando el mismo mueve una gran
audiencia han realizado una labor de invisibilización como si al
ignorarlos y bloquearlos pudieran desaparecerlos -al menos mediáticamente,
dejándolos sin voz ni instrumentos de difusión-. Las únicas excepciones
a esta generalidad las encontramos en la caricaturización y la mofa, que
buscan minar y erosionar su poder simbólico como elección identitaria válida
y contestataria. A partir del reconocimiento del grave descuido
(consecuencia del descubrimiento del amplio potencial comercial de esta
parcela del mercado) se inicia una nueva etapa donde se brindan
ampliamente los productos a consumir por este sector olvidado por décadas.
En los últimos años se han creado tres estaciones radiales exclusivas
del género y se comienza a programar por segmentos en muchas emisoras más.
Encontramos una amplia comercialización de todos los productos
relacionados con la misma, desde los discos hasta videos, camisetas,
sombreros de vueltas, instrumentos, tanto el mercado formal como en el
informal. Se traen músicos de Colombia para realizar conciertos, en
sitios de alto estatus y costos elevados, donde los sectores sociales
privilegiados pueden aparecer sin incomodidades y sin necesidad de
mezclarse con los demás grupos sociales.
Estos
conjuntos colombianos que realizan conciertos en la ciudad de Monterrey
han llegado a reunir más de
cien mil personas, cifra que supera a la de los conciertos de música
norteña tradicionales en esta zona. Estos eventos masivos han generado
connotaciones políticas ya que un género musical, que logra reunir tal número
de personas, se convierte en ampliamente apetecible para los partidos políticos
que intentan coptar este poder de convocatoria y utilizarlo a conveniencia
propia. Anteriormente se habían realizado esfuerzos en este sentido, ya
que hacia mediados de los 90’, el Partido Revolucionario Institucional
(PRI) utilizó como plataforma política una de sus radios estatales
cambiando la programación habitual por música colombiana en su
totalidad. Esta fue la primera estación radial en programar durante todo
el día este género musical, pero con una temporalidad enmarcada por la
proximidad de unas elecciones, con el objetivo de atrapar al público colombiano
y convertirlo en su caudal electoral.
Adicionalmente
el fenómeno es de tal dimensión que existe un ‘Frente Vallenato de
Liberación Cultural’, que ha realizado su propia versión del Festival
de la Leyenda Vallenata en dos oportunidades, con el aval y el apoyo de
las directivas de Colombia.
El
fenómeno regio-colombiano se ha
extendido hacia Saltillo, Laredo, Monclova, León, y San Luís Potosí, y
en general a la zona norte de México, ampliando dramáticamente su masa
receptora. Guerrero (1999) nos ilustra de este fenómeno dentro de la
ciudad de Aguascalientes, donde él identifica los siguientes grupos de
culturas juveniles: gruperos, rancholos, cholos, y cholombianos. Estos últimos
son un híbrido de la cultura chola y el pachuquismo originarios de
California, pero que han sido permeados por la música vallenata y las
cumbias, a las que tienen acceso primero procedentes de la Ciudad de México
en los años 70’ (que se arraigan a través de grupos musicales
colombianos migrantes y de los sonideros dentro de los cuales destaca el
sonido ‘La Changa’ del barrio de Tepito). En los 90’ proliferan los
grupos mexicanos, que tocan la música colombiana, y estos grupos junto
con la migración de personas del D.F. hacia Aguascalientes masifican y
establecen definitivamente el género en esta región (Op.cit.:94).
Desde
la segunda mitad de los 90’ aparece en Monterrey, la primera estación
radial comercial con programación netamente colombiana:
la ‘XEH’. Al percatarse del tremendo éxito de la misma surgen, en el
año 99, dos nuevas estaciones radiales con las mismas características:
‘Radio 13’ y ‘La Guacharaca’ (esta última renombrada
recientemente el ‘Bombazo Vallenato’). Una de las críticas que se les
hace a estos medios es su marcado interés comercial, además del completo
desconocimiento de las necesidades y características de su público,
ahondando la intolerancia y la segmentación. También los radio escuchas,
que no pertenecen a las pandillas o bandas, se quejan del monopolio que
las mismas ejercen sobre el tiempo al aire de las emisoras, ya que lo
utilizan para mandarse saludos muy prolongados, además de hacer gala de
un fuerte lenguaje ahuyentando a oídos más castos y de esta manera
apropiándose del medio.
Es
importante recordar que dentro del vallenato en Colombia existen varias
vertientes, algunas más populares, otras de mayor aceptación por las
clases medias y altas (como el de Carlos Vives); el tipo de vallenato que
llega y se arraiga en Monterrey es el popular. Aquel con mayor apego al
estilo ‘tradicional’, menor estilización, y temáticas campiranas más
cercanas a sus propias vivencias, lo que lo hace fácilmente traducible a
sus propios parámetros culturales.
Carlos
Monsivais escribe sobre la manera en que la música colombiana se ha
‘nacionalizado’ en México:
“Es
notable el destino metacolombiano de la cumbia y el vallenato. Música muy
propia de las regiones diezmadas por la violencia rítmica de fiesta de
pueblo del que se queda y del que emigra, la cumbia y el vallenato...
calman las plazas coherentes y dan identidad la del corazón y la de los
movimientos. Y gracias a las grabaciones, la globalización artística, la
cumbia y el vallenato se esparcen por América Latina y en México se
arraigan y se ‘nacionalizan’ a niveles antes sólo registrados cuando
la llegada del danzón cubano y del rock” (2001: 2a).
En
el caso de los procesos de identificación en torno al colombiano en Monterrey, se debe tener en cuenta el aspecto político
de esta construcción. El paso de un sistema identitario similar al de una
caja de herramientas como lo plantea Vila, a esencialismos
donde las múltiples identificaciones se subordinan a una sola, es
producto de conflictos de poder. Conflictos donde un determinado grupo se
ve atacado en una de sus identidades y al sentirse hostilizado, toma el
camino de fortalecer la misma al punto que opaca y deja en un segundo
orden sus demás identificaciones, esencializando todo el proceso
identificatorio. Para los grupos de jóvenes esta identificación por
intermedio de la música colombiana,
se está dando enfrentada a la sociedad creando diferenciación hacia
afuera al mismo tiempo que cohesión interna. Este proceso se podría
acentuar, en este caso, dada su necesidad de distanciarse de la sociedad
hegemónica, que los regula manteniéndolos relegados a un papel de
segundo orden, que los estigmatiza como delincuentes, pandilleros, y
drogadictos, con lo que se posterga, e imposibilita, un reconocimiento
pleno -una adscripción y lugar- al seno de la misma sociedad. Lentamente,
hoy de manera marcada, el gusto por esta música permea a otras capas de
la sociedad mejor ubicadas, pero el estigma que conlleva la misma aun se
mantiene vigente.
Conclusiones
La
música de la costa Atlántica colombiana, específicamente el vallenato y
la cumbia, ha realizado un largo periplo otorgando identidad a los más
diversos grupos. Desde un origen local particular, pasando a ser música
regional, luego nacional y terminar siendo exportada a múltiples regiones
del planeta. Particularmente en México, en la ciudad de Monterrey,
encuentra un nicho fértil para su adopción y posterior desarrollo,
cerrando de esta manera el círculo, ya que sale del ámbito local para
terminar de la misma manera e iniciar un nuevo ciclo.
Esta
música es desarrollada originalmente por grupos de ascendencia Afro,
campesinos, iletrados, inscritos hasta el fondo de la escala social de la
costa Atlántica colombiana. La música costeña comienza, poco a poco, a
ampliar su masa receptora hasta llegar a convertirse en la música de las
clases populares en su región de origen.
Posteriormente
liderada por músicos blancos y orquestas bajo la influencia
norteamericana de grand band
sufre su primera transformación radical, que le permite romper la
resistencia de las clases sociales en el ámbito regional, convirtiéndose
en la música que le otorga identidad a toda esta amplia región
colombiana. El vallenato en Colombia continua siendo una música nacional,
pero de clases populares hasta la llegada de su segunda gran transformación
liderada por otro músico blanco bajo la influencia rockera, quien realiza
fusiones con ritmos menos estigmatizados y por ende de mayor
comercialización.
Hacia
la mitad del siglo XX donde hace su aparición la música de la costa Atlántica
en México, encontramos que en primera medida llegó la cumbia y
posteriormente el vallenato a la capital de la República. La cumbia logra
rápidamente su adopción y desde el D.F. se expande exponencialmente
siendo bailada por toda la geografía nacional incluso llegando por el
norte de México, hasta el sur-oeste de los Estados Unidos. El vallenato
por su parte no tuvo el mismo éxito que la cumbia en todo México y sólo
encontró amplia aceptación en la ciudad de Monterrey. Allí se crea un
novedoso producto musical denominado regio-colombiano,
que llega a dar identidad a los grupos sociales más bajos de la ciudad.
Actualmente el regio-colombiano
cumple esta función identitaria con numerosos grupos de ‘chavos
banda’ que se encuentran en condiciones de marginalidad social y se
amplia hacia otros sectores sociales más favorecidos.
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Notas
al pie
[3]
Se utiliza el término en ingles, proveniente del fenómeno urbano
norteamericano de posguerra (Pop culture), ya que el término en español
(cultura popular) posee otras connotaciones radicalmente diferentes y
en Latinoamérica, incluso, algunas características premodernas.
[7]
Las culturas juveniles son cambiantes y diversas, con fronteras
difusas y numerosas influencias, ya que los jóvenes no se identifican
con un mismo estilo sino que toman prestamos de varios o construyen
uno propio, dependiendo de los gustos estéticos y musicales y de los
grupos con quien tienen interrelaciones. Así estas culturas juveniles
tendrían influencia directa de dos ámbitos: de
las condiciones sociales, establecidas por las identidades
generacionales, de género, clase, étnia y territorio y de las imágenes
culturales, provenientes de la moda, la música, el lenguaje, el baile
y las actividades focales. También es característico de estas
culturas juveniles el desarrollar su propio ‘estilo’ que estaría
conformado por una combinación jerarquizada de elementos culturales
dentro de los cuales destacarían el
lenguaje, la música y la vestimenta, todos inscritos en el cuerpo,
desde donde establecen su postura contestataria a una sociedad que
intenta dominarlos, y al mismo tiempo los relega. Con el
surgimiento de la juventud como sujeto social hacen su aparición
nuevas formas de oralidad para dar identidad a estos grupos
contrapuestos a los adultos. Para este fin utilizan elementos de
sociolectos habitualmente de marginales como del mundo de la droga, la
delincuencia o las minorías étnicas, al mismo tiempo que crean su
propio lenguaje. También se acostumbra el uso de metáforas, la
inversión semántica y los juegos lingüísticos como el cambiar el
orden de las sílabas (Feixa;1998: 70). El consumo, la producción
musical y el baile son pilares fundamentales para la gran mayoría de
las culturas juveniles; es más, la emergencia de éstas está
estrechamente relacionada con el surgimiento del rock and roll como la
primera música generacional ampliamente difundida. Con el rock se
crea un imaginario de la cultura juvenil (similar al de nación como
comunidades imaginadas) donde los ídolos musicales son jóvenes
iguales a sus fanáticos, con la misma edad, intereses y medio social,
de esta manera se forma una concepción quimérica de comunidad, que
brinda identidad a sus integrantes (Op.cit.:71).
En este caso se debe señalar el rol activo que juegan los chavos colombianos
en el consumo musical a través de los bailes de los sonideros, el
radio, las tocadas y en la producción de su música, ya que muchas de
estas bandas aprenden a elaborar y tocar los instrumentos formando
conjuntos de música colombiana.
El tercer elemento fundamental dentro de las culturas juveniles colombianas es la vestimenta, que les otorga de igual manera
identidad. Esta ha variado con los años, iniciándose con una mezcla
de la estética rockera vigente en los 80’ sumada a elementos de
referencia simbólica a Colombia como camisas de palmeras y flores
estilo ‘tropical’. Desde este punto se ha desplazado a través de
los años junto con la aparición de nuevas propuestas musicales para
los jóvenes principalmente de Estados Unidos como el rap, el metal,
el ska, el hip-hop, etc., creando nuevas combinaciones en su vestuario
y accesorios que reflejan los estilos musicales que los permean pero
encontrándose como común denominador lo colombiano.
[8]
En su libro Estigma Goffman
se centra en que los actos de ‘desviación’ son significativos
debido a que ellos como- ‘situacionalmente impropios’- erosionan
la inteligibilidad de todo lo demás, nos muestra cómo una mirada a
las ‘propiedades situacionales’ de diversas formas de interacción
social es necesaria ya que estas proveen el orden social necesario
para el funcionamiento normal de la sociedad. Las conductas vistas
como anormales surgen de personas con carencias de competencia o
habilidad para obedecer
las reglas y esto es lo que es visto como inapropiado dentro del
contexto, como es el caso de nuestros sujetos de estudio y sus
identidades. El rol de lo normal y el del estigmatizado son parte del
mismo complejo y de esta manera los estigmatizados operan
necesariamente de acuerdo con las mismas reglas sociales como los
normales. Todas las personas son estigmatizadas en referencia a las
mismas ‘normas identitarias’. Estigma se puede leer como una
descripción del proceso que se lleva a cabo de presentar la
normalidad y ver el juego del estigma como un esfuerzo colectivo para
mantener la imagen de la normalidad, siguiendo las reglas del orden
interaccional. Sin embargo, también los estigmatizados se pueden
rehusar a crear esta normalidad fantasma, no cumpliendo con los roles
que les corresponderían dentro de la normatividad y de las reglas
sociales. Es más, pueden ‘hacer de sus carencias una virtud’ y así
resemantizar, resignificar, su identidad estigmatizada y esgrimirla,
utilizarla con orgullo, con afán reivindicatorio. Estos actos de
rebeldía son temporalmente tolerados siempre y cuando se
circunscriban dentro de los límites ecológicos de su comunidad.
Dentro de estas desviaciones el autor incluye, a los grupos étnicos y
raciales minoritarios, a miembros de subculturas, que resultan ser
ciudadanos de segunda clase, como sería el caso de nuestros sujetos a
estudiar. De esta manera el manejo del estigma es un rasgo general de
la sociedad, los mismos rasgos están implícitos sea que se trate de
una diferencia muy grande o una insignificante. Se puede sospechar por
consiguiente que el rol del estigmatizado y del normal, son parte del
mismo complejo. El estigma implica no tanto un conjunto de individuos
concretos separables en dos grupos (los estigmatizados y los normales)
como un penetrante proceso social de dos roles en el cual cada
individuo participa en ambos roles, al menos en ciertos contextos y en
algunas fases de la vida. El normal y el estigmatizado no son personas
sino, más bien perspectivas.
[9]
Un ejemplo claro de esta situación la encontramos en la
comercialización de las músicas de los países periféricos, a través
del rubro de world music,
donde en un doble desplazamiento se privilegia un regreso a lo
primitivo -en una especie de labor de ‘etnología de rescate’-
buscando preservar los últimos resquicios de lo exótico. Se crea una
idealización por intermedio de su música, del ‘mundo periférico’,
para luego difundirlo de manera global. Es un rescate de lo regional,
de minorías étnicas, para comercializarlo globalmente pero
principalmente en el ‘mundo hegemónico’: Europa, Japón, y los
E.U.A.. Este ejercicio implica una idea de ‘turismo etnográfico’,
donde todo es continuamente valorado desde una posición etnocéntrica,
así se establece un interés, y hasta un rescate, sobre el Otro sólo
para concluir en la superioridad de la propia cultura.
[10]
Según Luhmann (1991) el mundo es dividido por una línea que marca la
diferencia entre el sistema y el entorno. Esta diferencia creada,
establecida entre entorno y sistema, es mediada por límites de
sentido que nos brindan un horizonte común de entendimiento. El
sistema crea sus propias operaciones que lo auto-reproducen como
sistema, así los elementos de un sistema se constituyen a partir de
la interacción de los mismos, en un ejercicio de auto referencia y de
auto poiesis. Esto en lo empírico sólo es posible mediante la
reducción selectiva, que lleva a una pequeña cantidad de relaciones.
Este ejercicio implica la delimitación dejando fuera otro número
igualmente significativo de relaciones igualmente viables. Así, al
tener la posibilidad de otro tipo de selectividad nos encontramos
frente a la ‘doble contingencia’. De
este modo la complejidad nos instala frente a un conjunto de eventos
posibles, que se mantienen resaltados, y traen inherentes las
posibilidades de relación y de selección. Es aquí donde se
logra la reducción de la complejidad: la complejidad reducida no
significa, complejidad excluida, sino que se dejan abiertas las
puertas a otras posibilidades. Para reducir la complejidad usamos
otra, pero se pasa de la complejidad sistémica a la estructurada,
donde ésta última define el entramado de relaciones que por la doble
contingencia han sido seleccionados.
[11]
Mediante
el proceso de reflexividad, se intenta hacer frente a la conciencia de
complejidad. Ante la ausencia de la tradición, como mecanismo
regulador y sancionador de las prácticas, se acentúa la revisión de
las mismas y se debe aplicar la reflexividad a todos los aspectos de
la vida humana. De esta manera, al darse este proceso de manera
circular y con retroalimentación, los sujetos no pueden llegar a
definir su medio en términos objetivos. No pueden neutralizar las
distorsiones introducidas por su propia actividad cognitiva, y no
pueden autodefinirse sin referencia a la complejidad y turbulencia del
contexto. Así los individuos pueden hacer consciencia de la condición
circular en la que se encuentran, pero no pueden romper con sus
propios sesgos etnocéntricos que influyen en la propia percepción de
las realidades. Esto se da dentro de una creciente complejidad social,
que los obliga a responder mediante las selecciones significativas
tomadas de la multiplicidad de roles y funciones posibles a ellos. Así
la identidad se convierte en imperiosa y angustiante, apareciendo para
cada actor la necesidad de escoger entre múltiples opciones y reducir
la complejidad. La identidad se construiría a partir de la serie de
elecciones personales que nos llevan a reducir la complejidad de
nuestros mundos de vida, de nuestra cotidianeidad. Entre nuestros
sujetos de estudio, se logra constituir a través de la doble
contingencia, que se materializa en una determinada elección musical
dentro de un universo de posibilidades. Dentro de los nuevos esquemas
de socialización electiva se presentan aspectos efímeros, y de
recomposición constante, estructurados a partir de lazos que permiten
la pertenencia a una multiplicidad de comunidades emocionales,
inestables y abiertas, donde nos vinculamos socialmente a través de
las convocatorias puntuales, la fluidez, y la dispersión. Así las
condiciones de complejidad nos llevan a desestimar las identidades a
largo plazo y al predominio de relaciones sociales basadas en
comunidades afectivas, con una lógica y estructura simbólica, que
trabajan a partir de la cohesión iniciando desde los propios gustos
individuales. Cualquier mundo concreto de la vida social está
constituido por los significados de quienes lo ‘habitan’, es
decir, por sus definiciones de realidad. Las definiciones unidas
constituyen el universo simbólico de una sociedad, formada por un
cuerpo de tradición que integra un gran número de definiciones de la
realidad, y presenta el orden institucional del individuo como una
totalidad simbólica. De esta manera, la identidad y la biografía
individual sólo adquieren significados en el universo simbólico. El
individuo se identifica con los roles que desempeña, mientras los
realiza, pero se distancia cuando reflexiona posteriormente sobre su
comportamiento. Así los roles sociales en que participa son una
mediación entre el universo macro de significados y las maneras en
que estos cobran realidad en el individuo. La
identidad se conforma de esta manera en la interrelación entre el
mundo social, la subjetividad, y el universo simbólico. Es una
dinámica entre la identidad objetiva y el significado subjetivo que
se le atribuye. De esta forma, para que la identidad subjetiva
adquiera realidad debe estar en relación con estructuras sociales,
con una base social para su mantenimiento (Berger y
Luckman,1968:105,106).
[12]
Para Schutz (1974: 45) la estructura del mundo social se establece
alrededor de mí, es en referencia a mí que las relaciones con otros
toman el significado de Nosotros, donde yo soy el centro. Aparecen
otros como Vosotros y en referencia a Vosotros que al mismo tiempo se
refiere a mí, surgen terceros como Ellos. En esta ínter subjetividad
se representa, o constituye, el elemento básico en el cual se
fundamenta la existencia, la validez
del mundo de la vida cotidiana, por un lado, y donde la interpretación
de sentido y la comprensión del actuar de los otros constituyen, por
el otro lado, los principios fundamentales de la actitud natural en lo
que respecta a mis semejantes dentro del mundo de la vida cotidiana (Op.cit.:36).
Una acción racional se fundamenta en una percepción clara y nítida
del actor, de los fines, medios, y resultados secundarios, que implica
la consideración racional de medios alternativos para lograr un fin.
El criterio de racionalidad así se refiere al proyecto que determina
el curso de la acción; más preciso, a la elección entre diversos
proyectos de acción posible. Es una racionalidad parcial que posee
muchos planos. Entre más estandarizada se encuentre la pauta de acción
hay más probabilidad de éxito de la conducta intersubjetiva. Únicamente
en los modelos construidos por un especialista, de acuerdo a los métodos
de su ciencia, se tiene una racionalidad con plena significación (Op.cit.:
55-60).
[13]
Dentro de los colombianos de Monterrey, podemos observar claramente este fenómeno,
aun cuando la categoría colombiano
podría englobarlos a todos, al interior de esta existen subgrupos que
consumen otros géneros musicales, de amplio gusto entre los jóvenes,
como hip-hop, rap, ska, etc. Esto parecería una profunda contradicción
entre los gustos y los géneros, pero para ellos no lo es.
[14]
Mis cursivas.
[15]
Dentro de este marco se ofrece un modelo para pensar un fenómeno tan
múltiple y lleno de aparentes contradicciones. El ejercicio de
separarme de la textualidad de la música y centrarme en su apropiación,
en la manera de vivirla, me permitirá no caer en falsos problemas, o
dicotomías, que la música Costeña podría evidenciar en su proceso
de transnacionalización y de constitución de identidades.
[16]
Michel Foucault; nos brinda una perspectiva amplia del poder, sin caer
en reduccionismos del tipo un sujeto con poder y otro dominado sin
posibilidades de respuesta a este poder. Las preguntas que se hace
este autor sobre el poder son: ¿cómo es ejercido?; ¿por qué
medios?; y segundo ¿cuales son los efectos del ejercicio del poder?
en lugar de ¿qué es el poder y de dónde viene? Foucault (1992
[1977]:181)
[17]
Mientras el vallenato ha funcionado internamente como herramienta en
la cohesión nacional, la cumbia ha cumplido la función de
‘representarnos’ en el extranjero, a manera de embajadora
cultural.
[18]
Dentro de los parámetros de las expresiones musicales existe un
‘consenso’ de qué puede ser cambiado y hasta qué punto, sin que
se traspase el límite del propio género musical y pasemos a hablar
de un nuevo género. Este consenso sólo puede ser establecido por el
mismo campus, en el sentido
de Bourdieu, compuesto por los productores, críticos y consumidores
del propio género.
[19]
Más adelante en el apartado sobre El Festival de la Leyenda Vallenata
se explicará cómo el ‘vallenato’ es una construcción de las élites
de Valledupar que es hecha a partir de la expropiación de la música
de acordeón de toda la región, renombrándola y designándola con su
propio gentilicio.
[20]
Vives comienza su carrera como cantante vallenato hacia 1989-1990 con
los discos de ‘Escalona’ I y II, posteriormente en 1993 viene su
mayor éxito con ‘Clásicos de la provincia’, el disco más
vendido en la historia de Colombia hasta ese momento. Luego viene
‘La tierra del olvido’ donde comienza a cantar sus propias
canciones (1995), seguido por ‘Tengo fe’(1997), donde realiza un
nuevo desplazamiento hacia un concepto de música más adulta, sin
mayor éxito. Esto lo obliga a regresar al anterior concepto más
relacionado con músicas del mundo en ‘El amor de mi tierra’
(1999) y ‘Déjame entrar’ (2001).
[21]
“Las músicas del mundo crean su experiencia de autenticidad a través
de medios simbólicos cuya diferenciación depende vitalmente de una
construcción en la cual se borren las diferencias originales (...).
En este escenario las fuerzas y los procesos de producción cultural
se dispersan y se rompen sus referencias a cualquier tiempo y lugar,
aun si precisamente son la tradición local y la autenticidad el
principal producto que está vendiendo la industria del
entretenimiento global” (Erlmann, cit. por Ochoa, 1998:177).
[22]
Los sonideros rentan su música, el equipo de sonido y la amplificación.
Son contratados para amenizar las fiestas de barrio como ‘XV años’
y matrimonios.
[23]
Ésta zona fue la vanguardia del movimiento modernizador colombiano y,
en consecuencia, las primeras disqueras del país aparecieron
precisamente allí.
[24]
‘Las rebajadas’ consisten en grabar las canciones con menores
revoluciones de las normales, de esta manera se escucha la música más
lenta (como si a una grabadora se le estuvieran acabando las pilas).
Esta variación regia a la música colombiana posee gran aceptación
entre los seguidores del género ya que argumentan que de esta manera
se disfruta más la música y se evitan los rápidos ritmos
provenientes del Caribe.
[25]
El término ‘grupero’ se acuña como una categoría donde se reúnen
los más diversos géneros musicales, que son producidos en el norte
de México y el sureste de Estados Unidos, con el fin de hacer más fácil
su comercialización.
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